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Nombres borrados: el conocimiento científico que heredamos lleva la firma equivocada

By Mente Abierta Filosofía
Nombres borrados: el conocimiento científico que heredamos lleva la firma equivocada

Cuando Rosalind Franklin capturó la imagen 51 —esa fotografía de difracción de rayos X que reveló la estructura helicoidal del ADN—, no sabía que se convertiría en el ejemplo más citado de apropiación intelectual en la historia de la biología. James Watson y Francis Crick la utilizaron sin su conocimiento ni consentimiento, recibieron el Nobel en 1962 y Franklin murió cuatro años antes sin que su contribución fuera reconocida oficialmente. La historia la conocemos casi todos. Lo que sabemos mucho menos es que Franklin no es una excepción: es el patrón.

El caso de Franklin ha adquirido dimensiones casi míticas, lo que tiene el efecto paradójico de convertirlo en una anomalía memorable dentro de una narrativa que, por lo demás, permanece intacta. Pero la invisibilización de las mujeres en la ciencia no fue una serie de injusticias individuales protagonizadas por hombres de mal carácter. Fue —y en muchos aspectos sigue siendo— un sistema.

El efecto Matilda y la arquitectura del olvido

En 1993, la historiadora de la ciencia Margaret Rossiter dio nombre a un fenómeno que había documentado durante años: el efecto Matilda, la tendencia sistemática a atribuir los logros científicos de las mujeres a sus colegas masculinos. El nombre rendía homenaje a Matilda Joslyn Gage, sufragista del siglo XIX que había señalado el mecanismo décadas antes de que la academia se tomara la molestia de estudiarlo.

Los ejemplos son numerosos y abarcan disciplinas muy distintas. Lise Meitner fue quien interpretó teóricamente la fisión nuclear, pero el Nobel de Química de 1944 fue exclusivamente para Otto Hahn, su colaborador. Nettie Stevens descubrió en 1905 que el sexo biológico está determinado por los cromosomas, pero durante décadas el descubrimiento fue atribuido a Edmund Beecher Wilson. Cecilia Payne-Gaposchkin demostró en 1925 que las estrellas están compuestas principalmente de hidrógeno y helio —uno de los hallazgos más importantes de la astrofísica del siglo XX—, y su director de tesis la presionó para que retractara sus conclusiones porque contradecían las teorías establecidas por hombres. Años después, cuando la evidencia era irrefutable, fue otro astrónomo quien recibió el crédito.

Lo relevante no es solo la injusticia hacia estas mujeres concretas —que es real y merece reconocimiento—, sino lo que la desaparición sistemática de sus contribuciones le hizo al conocimiento mismo.

Cuando el sesgo de género distorsiona la ciencia

La epistemología feminista —una corriente filosófica que examina cómo el género del conocedor afecta al conocimiento producido— lleva décadas argumentando que la ciencia no es un proceso neutral que trasciende la perspectiva de quien la practica. Las preguntas que se formulan, los fenómenos que se consideran dignos de investigación, los marcos interpretativos que se aplican: todo ello está influenciado por quién tiene acceso a los laboratorios, a la financiación y a las publicaciones.

Un ejemplo particularmente ilustrativo proviene de la primatología. Durante décadas, los estudios sobre comportamiento de primates estuvieron dominados por investigadores varones que enfatizaron la competencia, la jerarquía y la agresión como los mecanismos principales de organización social. Cuando investigadoras como Jane Goodall, Dian Fossey y Birutė Galdikas comenzaron a realizar observaciones prolongadas en campo —a menudo ignoradas o minusvaloradas por el establishment académico—, emergió una imagen radicalmente diferente: más cooperativa, más compleja, con roles femeninos mucho más activos en la dinámica del grupo. No habían cambiado los primates. Había cambiado quién los miraba y qué consideraba importante registrar.

Algo similar ha ocurrido en medicina. Durante gran parte del siglo XX, los ensayos clínicos se realizaron casi exclusivamente con sujetos masculinos, bajo el supuesto de que los resultados eran universalmente aplicables. Las consecuencias han sido concretas: las mujeres presentan síntomas de infarto de miocardio que difieren significativamente de los masculinos, pero como el perfil masculino era el «estándar», los síntomas femeninos fueron durante décadas infradiagnosticados o atribuidos a ansiedad. Mujeres murieron porque la ciencia había decidido, implícitamente, que un cuerpo masculino era el cuerpo humano por defecto.

El presente no es tan diferente del pasado

Sería reconfortante presentar todo esto como historia superada. No lo es. Estudios recientes siguen documentando brechas significativas en la atribución de crédito académico. Un análisis publicado en Nature en 2022 sobre más de seis millones de artículos científicos encontró que las investigadoras reciben menos citas que sus colegas masculinos con publicaciones equivalentes, y que esta brecha se amplía cuando se trata de artículos en los que ellas son las autoras principales.

En España, el Informe sobre Científicas en Cifras que publica periódicamente el Ministerio de Ciencia muestra que, aunque las mujeres representan aproximadamente el 40% del personal investigador, siguen siendo minoría en las posiciones de mayor jerarquía y en las disciplinas con mayor financiación. El techo de cristal en la academia no es una metáfora: tiene datos.

La brecha de financiación es especialmente significativa desde una perspectiva epistemológica. Los proyectos de investigación liderados por mujeres tienden a recibir menos fondos, lo que significa que algunas líneas de investigación —aquellas que quizás habrían surgido con mayor frecuencia de perspectivas femeninas o feministas— quedan sistemáticamente subdesarrolladas. No sabemos qué no sabemos por esa razón. Esa es, quizás, la consecuencia más difícil de cuantificar y la más profunda.

Una ciencia diferente es posible y necesaria

Reconocer el sesgo de género en la historia y la práctica científica no equivale a proponer que la ciencia deba ser «subjetiva» o que la verdad dependa del género del investigador. Equivale, más bien, a tomarse en serio el ideal científico de reducir los sesgos sistemáticos. Y uno de los sesgos más documentados en la historia de la disciplina es, precisamente, el de género.

Una ciencia más inclusiva no sería solo más justa. Sería, en términos estrictamente epistémicos, más fiable. Produciría preguntas que hoy no se formulan, detectaría patrones que hoy se ignoran, evitaría errores que hoy se cometen por homogeneidad de perspectivas.

Los nombres borrados de la historia de la ciencia no son solo una deuda con el pasado. Son una advertencia sobre el presente: el conocimiento que heredamos lleva inscrita, invisible, la perspectiva de quienes tuvieron el poder de producirlo. Reconocer eso no debilita la ciencia. La hace más honesta consigo misma.