Mente Abierta All Articles
Filosofía

Ni catástrofe ni negación: lo que la ciencia climática real nos exige pensar

By Mente Abierta Filosofía
Ni catástrofe ni negación: lo que la ciencia climática real nos exige pensar

Hay un experimento mental que vale la pena hacer antes de leer cualquier titular sobre cambio climático: preguntarse honestamente si uno ya sabe lo que va a pensar. Si la respuesta es afirmativa —si el marco interpretativo está tan fijo que los datos solo sirven para confirmarlo—, entonces no estamos ante un ejercicio de comprensión científica, sino ante algo más parecido a la liturgia.

Este artículo no pretende negar el cambio climático ni minimizar su gravedad. Los datos son contundentes y el consenso científico, sólido. Pero precisamente porque el tema importa tanto, merece algo que rara vez se le concede: un análisis crítico de cómo lo pensamos, no solo de qué pensamos sobre él.

El catastrofismo como postura cómoda

Existe una paradoja poco examinada en ciertos círculos progresistas: el discurso del colapso inminente, lejos de movilizar, puede funcionar como mecanismo de evasión. Cuando el desenlace se presenta como inevitable —cuando el lenguaje científico se tiñe de apocalipsis sin matices—, la respuesta psicológica más frecuente no es la acción, sino la parálisis.

La neurociencia cognitiva lleva décadas documentando este fenómeno. La amenaza percibida como incontrolable activa respuestas de evitación, no de afrontamiento. Cuando el mensaje implícito es «ya es demasiado tarde», el cerebro, que es un sistema orientado a la eficiencia energética, tiende a desconectarse. El catastrofismo, en ese sentido, puede ser funcionalmente equivalente a la negación: ambos producen inacción.

Lo inquietante es que este tipo de narrativa no siempre surge de mala fe. Muchos científicos y comunicadores genuinamente comprometidos con la urgencia climática han adoptado un tono que, sin proponérselo, desplaza la agencia individual y colectiva hacia el terreno de lo imposible. La pregunta filosófica que surge es incómoda: ¿puede un relato verdadero en sus datos ser, al mismo tiempo, distorsionador en sus efectos?

La negación también tiene sus trampas cognitivas

El otro extremo del espectro no es menos problemático. La negación sistemática del cambio climático —ya sea en su versión más burda («el clima siempre ha cambiado») o en su forma más sofisticada («los modelos son demasiado inciertos para actuar»)— comparte con el catastrofismo una misma raíz: la incapacidad de tolerar la complejidad.

Negar no requiere ignorancia. Requiere motivación. Y las motivaciones son múltiples: intereses económicos, identidad ideológica, miedo a las implicaciones políticas de aceptar el problema. En España, como en el resto de Europa, la negación climática ha adoptado formas más sutiles que en otros contextos anglosajones, pero está presente: en la resistencia a ciertas políticas de transición energética, en la desconfianza hacia organismos internacionales, en la apelación constante a la «soberanía nacional» frente a acuerdos climáticos.

Ambas posturas —catastrofismo y negación— comparten una característica filosófica fundamental: son sistemas cerrados. No admiten revisión. No toleran la incertidumbre. Y la ciencia real, la que se practica en laboratorios y se publica en revistas revisadas por pares, está hecha precisamente de incertidumbre productiva.

Lo que la ciencia del sistema Tierra realmente dice

La ciencia del sistema Tierra —la disciplina que estudia la Tierra como un conjunto de subsistemas interconectados: atmósfera, hidrosfera, biosfera, criosfera, litosfera— ofrece una imagen considerablemente más compleja que la que circula en los medios de comunicación.

Uno de sus hallazgos más relevantes y menos discutidos es el concepto de resiliencia adaptativa: la capacidad de ciertos sistemas para absorber perturbaciones y reorganizarse manteniendo funciones esenciales. Los ecosistemas no son entidades frágiles que colapsan ante cualquier presión; son sistemas dinámicos con umbrales de tolerancia, mecanismos de retroalimentación y capacidades de regeneración que, aunque no son ilimitadas, son reales.

Esto no significa que todo esté bien. Significa que la narrativa del «punto de no retorno absoluto» —tan frecuente en el discurso público— simplifica en exceso una realidad que los propios climatólogos describen en términos probabilísticos, no deterministas. Los escenarios del IPCC no son predicciones; son proyecciones condicionadas a distintas trayectorias de emisiones y respuestas políticas. La diferencia no es semántica: implica que las decisiones colectivas siguen importando, que el futuro no está escrito.

El sesgo del presente como distorsión epistémica

Hay otro factor cognitivo que merece atención: nuestra dificultad para razonar sobre escalas temporales largas. El cerebro humano evolucionó para gestionar amenazas inmediatas, no procesos que se desarrollan en décadas o siglos. Esto genera lo que algunos filósofos de la ciencia denominan sesgo del presente: la tendencia a sobreponderar el estado actual de las cosas y a subestimar tanto las trayectorias pasadas como las futuras.

Este sesgo opera en ambas direcciones. Nos lleva a pensar que el clima que conocemos es el «normal» —cuando en realidad es una fotografía de un momento particular en una historia geológica vastísima— y también nos lleva a proyectar linealmente las tendencias actuales, sin considerar las no linealidades propias de sistemas complejos.

La mente abierta que el pensamiento crítico reclama no es la que acepta todo ni la que rechaza todo. Es la que puede sostener la incertidumbre sin colapsar en ninguno de los dos extremos cómodos.

La fe tecnológica como nueva negación

Existe una tercera postura que merece escrutinio y que con frecuencia se presenta como progresista: la fe en que la tecnología resolverá el problema sin que sea necesario cuestionar los modelos de producción y consumo. La geoingeniería, la captura de carbono a gran escala, la fusión nuclear como horizonte perpetuamente cercano.

Esta postura no niega el problema climático; lo acepta y, simultáneamente, exime de responsabilidad sistémica. Es, en ese sentido, funcionalmente conservadora: permite mantener intactas las estructuras económicas que generaron el problema mientras se delega la solución en una innovación futura. La crítica no es que la tecnología sea irrelevante —claramente no lo es—, sino que presentarla como solución suficiente sin transformación estructural es otra forma de distorsión ideológica disfrazada de pragmatismo.

¿Qué significa pensar bien sobre el clima?

Pensar bien sobre el cambio climático no es una cuestión de estar «del lado correcto». Es un ejercicio de rigor intelectual que exige varias cosas al mismo tiempo: aceptar el consenso científico sin confundirlo con certeza absoluta; reconocer la urgencia sin caer en la parálisis del fatalismo; distinguir entre incertidumbre científica —que es epistémica y legítima— e incertidumbre fabricada —que es retórica y estratégica—; y, sobre todo, examinar con honestidad qué marcos ideológicos propios están filtrando la lectura de los datos.

La ciencia climática no nos da un guion. Nos da información sobre un sistema extraordinariamente complejo, producida por personas falibles que trabajan dentro de instituciones imperfectas, con metodologías que mejoran continuamente. Eso no la invalida. La hace humana. Y la hace, precisamente por eso, más valiosa que cualquier certeza prefabricada.

La verdadera mente abierta no elige entre el apocalipsis y la negación. Aprende a habitar la complejidad sin rendirse a ella.