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El científico sin rostro: cómo el género del investigador ha moldeado siglos de conocimiento sin que nadie lo cuestionara

By Mente Abierta Filosofía
El científico sin rostro: cómo el género del investigador ha moldeado siglos de conocimiento sin que nadie lo cuestionara

Hay una figura que recorre la historia de la ciencia occidental como un fantasma: el investigador sin atributos. No tiene raza, no tiene clase social, no tiene historia personal. Y, aparentemente, tampoco tiene género. Este ser abstracto observa el mundo desde ningún lugar en particular y, precisamente por eso, lo ve todo con claridad perfecta. Es la encarnación del ideal ilustrado de objetividad.

El problema es que ese investigador sin rostro siempre tuvo uno. Y durante la mayor parte de la historia científica moderna, ese rostro era masculino, europeo y perteneciente a una clase social privilegiada. No como excepción, sino como norma. Una norma tan naturalizada que dejó de ser visible.

La norma que no se nombra

En filosofía de la ciencia existe un concepto que resulta especialmente útil para entender este fenómeno: el standpoint epistemology o epistemología del punto de vista. Desarrollado por pensadoras como Sandra Harding y Donna Haraway, sostiene que todo conocimiento se produce desde una posición concreta en el mundo social. Quien investiga no flota en el vacío: está situado, tiene intereses, ha sido educado dentro de una cultura y arrastra, consciente o inconscientemente, los supuestos de su entorno.

Lo que hace particularmente poderosa a la posición dominante —en este caso, la masculina— es precisamente su invisibilidad. Cuando un grupo ocupa el centro, su perspectiva deja de percibirse como perspectiva y empieza a parecerse a la realidad misma. Los sesgos de los grupos marginalizados se señalan con facilidad porque contrastan con lo que se considera "normal". Los del grupo hegemónico, en cambio, se camuflan en la supuesta neutralidad.

Esto no es una acusación moral contra los científicos individuales del pasado. Es una descripción de cómo funcionan las estructuras epistémicas: de manera silenciosa, sistemática y con consecuencias muy concretas.

Cuerpos que no existían para la ciencia

Las consecuencias de este sesgo estructural son especialmente visibles en el campo de la medicina. Durante décadas, los ensayos clínicos sobre enfermedades cardiovasculares se realizaron exclusivamente con hombres, bajo el supuesto de que los resultados eran generalizables a toda la población. Las mujeres fueron excluidas de muchos estudios con el argumento de que sus ciclos hormonales "complicaban" los datos. El efecto práctico fue que los síntomas de infarto en mujeres —que con frecuencia difieren significativamente de los masculinos— tardaron décadas en ser reconocidos y sistematizados.

No se trató de malicia deliberada. Se trató de que el cuerpo masculino era el cuerpo por defecto, el cuerpo universal, y cualquier desviación de ese estándar era una complicación metodológica. La pregunta "¿cómo funciona esto en mujeres?" no se consideraba urgente porque la respuesta parecía obvia: igual que en hombres, pero quizás con pequeñas variaciones.

Esa obviedad costó vidas.

En farmacología ocurrió algo similar. Muchos medicamentos fueron dosificados y aprobados basándose en ensayos con hombres. Cuando años después se analizaron los efectos adversos por género, se descubrió que las mujeres experimentaban reacciones distintas con mayor frecuencia. La diferencia no estaba en el medicamento: estaba en que nunca se había hecho la pregunta correcta.

Psicología: el hombre como medida del alma

Si en medicina el sesgo fue físico, en psicología fue conceptual. Las grandes teorías del desarrollo humano del siglo XX —de Freud a Piaget, de Erikson a Kohlberg— fueron construidas mayoritariamente a partir de sujetos masculinos y luego aplicadas como marcos universales.

La psicóloga Carol Gilligan documentó esto con precisión en su obra In a Different Voice (1982), donde demostró que los modelos de desarrollo moral de Kohlberg, basados en estudios con varones, situaban a las mujeres en estadios inferiores de madurez ética. La razón no era que las mujeres razonaran peor, sino que razonaban de manera diferente: con mayor énfasis en las relaciones y el contexto, frente al modelo abstracto y universalista que el marco teórico consideraba superior.

El marco no era neutro. Era masculino. Y al presentarse como universal, no solo describía la realidad: la jerarquizaba.

Las preguntas que nadie hizo

Quizás el aspecto más revelador del sesgo de género en la ciencia no son los errores cometidos, sino las preguntas que nunca llegaron a formularse. La ausencia tiene su propia elocuencia.

¿Por qué la investigación sobre anticoncepción se centró durante décadas casi exclusivamente en cuerpos femeninos, asumiendo que la responsabilidad reproductiva era inherentemente femenina? ¿Por qué el dolor crónico, significativamente más prevalente en mujeres, recibió durante años menos financiación investigadora y más diagnósticos psicosomáticos? ¿Por qué las enfermedades autoinmunes —que afectan desproporcionadamente a mujeres— tardaron tanto en ser objeto de investigación sistemática?

Estas no son omisiones aleatorias. Responden a una lógica implícita sobre qué cuerpos importan, qué experiencias merecen explicación y qué preguntas son científicamente legítimas. Una lógica que nunca fue declarada precisamente porque no necesitaba serlo: era el agua en la que nadaba toda la institución.

Más representación no es suficiente

Sería tentador concluir que el problema se resuelve con más mujeres en la ciencia. Y aunque la diversidad en los equipos de investigación es necesaria y produce beneficios documentados, no es suficiente por sí sola.

Las estructuras epistémicas no desaparecen automáticamente cuando cambia la composición demográfica de quienes investigan. Una científica formada en un paradigma androcéntrico puede reproducir sus supuestos con la misma eficacia que un colega masculino. Lo que se necesita, además de representación, es reflexividad: la capacidad de examinar críticamente los marcos conceptuales que se utilizan, las preguntas que se formulan y los cuerpos que se incluyen o excluyen como sujetos de estudio.

Esto implica reconocer que la objetividad no es un estado que se alcanza eliminando al observador, sino una práctica que requiere hacerlo visible. La filósofa Donna Haraway lo llamó "objetividad fuerte": aquella que, paradójicamente, se fortalece cuando admite su situacionalidad en lugar de negarla.

Repensar la neutralidad

La ciencia es uno de los proyectos colectivos más poderosos que la humanidad ha desarrollado. Su capacidad para producir conocimiento fiable y transformar el mundo material es extraordinaria. Pero esa potencia no la vacuna contra los sesgos culturales: en muchos sentidos, los amplifica, porque les otorga la autoridad del método.

Cuestionar el género del investigador no es atacar a la ciencia. Es tomársela en serio. Es exigir que sus ideales declarados —la búsqueda honesta de la verdad, la revisión constante de los supuestos, la apertura a la evidencia— se apliquen también a sus propios fundamentos.

Una ciencia que no puede mirarse a sí misma con ojo crítico no es más objetiva. Es solo más segura de sus propias limitaciones.