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Felicidad en venta: cómo la psicología positiva pasó del laboratorio al mercado sin que nos diéramos cuenta

By Mente Abierta Salud Mental
Felicidad en venta: cómo la psicología positiva pasó del laboratorio al mercado sin que nos diéramos cuenta

Hay una frase que se repite con inquietante frecuencia en talleres de autoayuda, podcasts de desarrollo personal y perfiles de Instagram con miles de seguidores: «La felicidad es una elección». Parece un mensaje empoderador. En realidad, es una de las afirmaciones más políticamente convenientes que ha producido la psicología de las últimas décadas.

La psicología positiva nació en 1998 cuando Martin Seligman, entonces presidente de la Asociación Americana de Psicología, propuso reorientar la disciplina. Hasta ese momento, argumentaba, la psicología había dedicado sus mejores energías a estudiar el sufrimiento, la patología y la disfunción. Era hora, según él, de investigar también lo que hace florecer a los seres humanos: la gratitud, la resiliencia, el sentido de vida, las fortalezas personales. El proyecto tenía una base científica genuina y una intención que, en principio, resultaba difícil de cuestionar.

Veinticinco años después, sin embargo, ese programa de investigación ha sido tan agresivamente colonizado por intereses comerciales que resulta difícil distinguir dónde termina la ciencia y dónde empieza el negocio.

Del laboratorio al escaparate

El mercado global del bienestar —que incluye desde aplicaciones de meditación hasta retiros de mindfulness corporativo, pasando por libros de autoayuda y programas de coaching certificado— superó los 1,5 billones de dólares en 2023, según datos del Global Wellness Institute. España no es ajena a esta tendencia: el sector del coaching y el desarrollo personal factura cientos de millones de euros anuales, y la demanda no ha hecho más que crecer desde la pandemia.

El problema no es que la gente busque herramientas para gestionar su vida emocional. El problema es lo que esas herramientas dan por sentado: que el malestar es, fundamentalmente, un asunto individual. Que si sufres, es porque no has aprendido aún a replantear tus pensamientos, a practicar la gratitud con suficiente constancia, a construir los hábitos correctos. La solución, siempre, está dentro de ti. Y tiene precio.

Esta lógica no es inocente. Cuando trasladamos la responsabilidad del bienestar exclusivamente al individuo, estamos —deliberada o inconscientemente— desviando la atención de las condiciones estructurales que producen malestar: la precariedad laboral, la soledad crónica provocada por el diseño de las ciudades modernas, la desigualdad económica, los sistemas de atención sanitaria desbordados. La psicología positiva comercializada no niega que estos problemas existen; simplemente actúa como si fueran irrelevantes para la ecuación del bienestar personal.

Lo que la evidencia dice (y lo que no dice)

Conviene ser precisos, porque la crítica al movimiento no implica descartar toda su producción científica. Algunas de sus aportaciones han resistido la revisión rigurosa. Las investigaciones sobre el impacto de las relaciones sociales de calidad en la salud mental son sólidas. Los estudios sobre el papel de la percepción de sentido y propósito en la resiliencia ante la adversidad aportan evidencia valiosa. El trabajo sobre intervenciones basadas en mindfulness tiene aplicaciones clínicas documentadas, aunque más modestas de lo que el marketing sugiere.

Sin embargo, algunas de las afirmaciones más populares del movimiento no superan el escrutinio científico. La «regla de las cinco emociones positivas por cada negativa» que popularizó Barbara Fredrickson fue demolida metodológicamente por Nick Brown y Alan Sokal en 2013, demostrando que se basaba en una aplicación matemática absurda de ecuaciones de dinámica de fluidos. El concepto de «resiliencia» ha sido criticado por investigadores como Michael Ungar, quien señala que la literatura dominante ignora sistemáticamente cómo el acceso a recursos materiales y comunitarios determina quién puede ser resiliente y quién no.

Más revelador aún: una revisión publicada en Psychological Bulletin en 2021 encontró que muchas intervenciones de psicología positiva tienen efectos pequeños o moderados que se desvanecen con el tiempo, y que los estudios con mayor impacto mediático suelen ser los que presentan mayores problemas metodológicos.

El optimismo como mandato y la culpa como consecuencia

Existe un fenómeno que los investigadores han comenzado a denominar «optimismo tóxico»: la presión social —a menudo disfrazada de apoyo— para mantener una actitud positiva independientemente de las circunstancias. Este mandato cultural tiene consecuencias documentadas. Un estudio de la Universidad de California demostró que suprimir emociones negativas mediante la reinterpretación positiva forzada no solo no reduce el malestar, sino que puede intensificarlo y generar una experiencia adicional de vergüenza: la de no ser capaz de sentirse bien cuando «deberías».

En España, donde la crisis económica de la última década ha dejado cicatrices profundas y donde los jóvenes enfrentan condiciones de vivienda y empleo que sus padres no podían imaginar, la promesa de que el bienestar depende de tu actitud mental resulta especialmente cruel. No porque sea completamente falsa —la agencia personal existe y tiene valor—, sino porque descontextualiza el sufrimiento de manera que termina culpabilizando a la víctima.

Una psicología del bienestar que mire hacia afuera

La pregunta relevante no es si debemos cultivar recursos psicológicos internos —la respuesta es sí, dentro de sus límites—, sino qué tipo de psicología del bienestar necesitamos. Una que tome en serio tanto la dimensión subjetiva del sufrimiento como sus determinantes sociales. Una que no venda gratitud a quien no puede pagar el alquiler sin antes reconocer que ese es un problema político, no psicológico.

Algunos investigadores están trabajando en esa dirección. La psicología comunitaria, la psicología crítica y enfoques como el de Isaac Prilleltensky, que acuñó el concepto de «bienestar psicopolítico», proponen marcos donde la justicia social y la salud mental son inseparables. No son, sin embargo, los enfoques que dominan el mercado del bienestar ni los que generan gurús con millones de seguidores.

Quizás eso nos diga algo sobre qué tipo de psicología resulta más cómoda para quienes tienen interés en que sigamos buscando la solución dentro de nosotros mismos.

La mente abierta que proponemos cultivar no es la que acepta sin crítica el próximo taller de gratitud. Es la que pregunta, antes de comprar cualquier respuesta, qué preguntas incómodas esa respuesta está evitando hacerse.