Enfermos de estar vivos: cómo la medicina moderna aprendió a diagnosticar la condición humana
En 1980, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales —el DSM, en sus siglas en inglés— listaba 265 categorías diagnósticas. En su quinta edición, publicada en 2013, ese número había ascendido a más de 300. Cada revisión incorpora nuevas condiciones, amplía los criterios de las existentes o rebaja los umbrales que determinan cuándo una experiencia ordinaria se convierte en patología. Esta inflación diagnóstica no es un fenómeno puramente científico. Es también un fenómeno económico, cultural y político.
El término «medicalización» fue acuñado en los años setenta por el sociólogo Irving Zola para describir el proceso mediante el cual aspectos de la vida cotidiana quedan bajo la jurisdicción de la medicina. Décadas después, ese proceso se ha acelerado hasta alcanzar dimensiones que merecen un análisis riguroso y sin concesiones.
Del síntoma a la enfermedad: el poder de la definición
La definición de una enfermedad no es un acto puramente descriptivo. Es un acto normativo: establece qué estados del ser humano son aceptables y cuáles requieren corrección. Cuando esa definición se amplía, el territorio de lo patológico crece y el de lo normal se contrae.
Tomemos un ejemplo concreto. El DSM-IV incluía una excepción explícita para el duelo: si una persona experimentaba síntomas depresivos tras la muerte de un ser querido, el diagnóstico de depresión mayor quedaba en suspenso durante al menos dos meses. Era el reconocimiento de que la tristeza profunda ante una pérdida es una respuesta humana legítima, no una disfunción. El DSM-5 eliminó esa excepción. A partir de su publicación, una persona que experimenta tristeza intensa, insomnio, dificultad para concentrarse y pérdida de apetito durante más de dos semanas —incluso si acaba de perder a su cónyuge— puede recibir un diagnóstico de depresión mayor y ser tratada farmacológicamente.
El psiquiatra Allen Frances, que presidió el comité que elaboró el DSM-IV, ha sido uno de los críticos más lúcidos de esta tendencia. En su libro ¿Somos todos enfermos mentales? advierte que «la inflación diagnóstica convierte las preocupaciones normales de la vida en trastornos mentales», con consecuencias que van desde la estigmatización innecesaria hasta la exposición a medicamentos con efectos secundarios significativos.
El incentivo farmacéutico y la arquitectura del diagnóstico
Sería ingenuo analizar la expansión diagnóstica sin atender a los intereses económicos que la rodean. La industria farmacéutica invierte recursos considerables en investigación, pero también en la configuración del entorno conceptual en que esa investigación ocurre.
Un mecanismo especialmente relevante es la financiación de grupos de expertos que participan en la elaboración de guías clínicas y manuales diagnósticos. Un análisis publicado en PLOS Medicine reveló que, en el proceso de elaboración del DSM-5, el 69 % de los miembros de los paneles de trabajo tenían vínculos financieros con la industria farmacéutica. Esos vínculos no implican necesariamente deshonestidad individual, pero sí crean estructuras de incentivos que sistemáticamente favorecen la expansión de las categorías diagnósticas sobre su contracción.
A esto se añade el fenómeno del disease mongering —literalmente, «comercio de enfermedades»—, documentado en investigaciones académicas desde los años noventa. Consiste en la promoción de condiciones médicas cuya prevalencia o gravedad es amplificada con fines comerciales. La disfunción sexual femenina, el síndrome de piernas inquietas, la fobia social o el trastorno por déficit de atención en adultos son ejemplos de condiciones cuya expansión diagnóstica ha coincidido históricamente con el lanzamiento de nuevos medicamentos para tratarlas.
Lo que perdemos cuando patologizamos el sufrimiento
Más allá de los intereses económicos, la medicalización plantea una pregunta filosófica fundamental: ¿qué ocurre cuando dejamos de relacionarnos con nuestro sufrimiento como una experiencia que tiene sentido y comenzamos a tratarlo como un error bioquímico que hay que corregir?
El sufrimiento humano —la tristeza, la ansiedad, el agotamiento existencial— no es agradable. Pero tampoco es siempre disfuncional. La tristeza ante una pérdida cumple funciones psicológicas y sociales: nos fuerza a procesar lo ocurrido, reorganiza nuestras prioridades, nos conecta con quienes nos rodean. La ansiedad moderada nos alerta ante riesgos reales. El cansancio señala que algo en nuestra vida requiere atención.
Cuando medicalizamos estas experiencias, corremos el riesgo de interrumpir procesos adaptativos antes de que completen su función. No porque los medicamentos carezcan de valor —en casos de sufrimiento severo e incapacitante, pueden ser herramientas terapéuticas valiosas—, sino porque su uso indiscriminado en situaciones de sufrimiento ordinario puede suprimir síntomas sin abordar las causas que los generan.
La investigadora y filósofa Joanna Moncrieff, de la University College London, ha argumentado de manera convincente que el modelo dominante en psiquiatría —que concibe los trastornos mentales como desequilibrios químicos corregibles farmacológicamente— carece de respaldo empírico sólido. La hipótesis serotoninérgica de la depresión, que durante décadas justificó el uso masivo de antidepresivos ISRS, fue cuestionada de manera sistemática por un metaanálisis publicado en Molecular Psychiatry en 2022, que concluyó que no existe evidencia consistente de que los niveles de serotonina estén reducidos en personas con depresión.
Recuperar la experiencia sin renunciar al cuidado
Cuestionar la medicalización no equivale a negar el sufrimiento ni a rechazar la atención médica. Equivale a exigir mayor precisión en la distinción entre lo que requiere intervención clínica y lo que requiere condiciones sociales, vínculos humanos, tiempo y espacio para el procesamiento emocional.
Una sociedad que medicaliza el sufrimiento ordinario no solo gasta recursos sanitarios de manera ineficiente. También envía un mensaje cultural profundamente problemático: que el malestar es una avería, que la resiliencia se prescribe y que la vida bien vivida es aquella en que las emociones difíciles han sido eliminadas. Frente a ese mensaje, la mente abierta que aspiramos a cultivar debe ser capaz de sostener una pregunta incómoda: ¿estamos tratando el sufrimiento o estamos tratando de no tener que mirarlo?