El cuerpo masculino como norma: la deuda histórica de la medicina con las mujeres
Existe una pregunta que la medicina tardó demasiado en formularse: ¿a quién estamos estudiando, exactamente? Durante la mayor parte del siglo XX, la respuesta implícita fue clara aunque nunca explícita: al varón adulto de mediana edad. Esa elección, presentada como neutral y práctica, tuvo consecuencias que aún hoy se pagan con salud y, en ocasiones, con la vida.
No se trata de una conspiración ni de una malicia deliberada. Se trata de algo más persistente y más difícil de combatir: una inercia institucional que convirtió lo particular en universal y llamó a ese proceso «ciencia objetiva».
El ensayo clínico y su sujeto invisible
Hasta 1993, los ensayos clínicos financiados por el gobierno federal de Estados Unidos podían excluir sistemáticamente a mujeres sin necesidad de justificación. El argumento era aparentemente razonable: los ciclos hormonales femeninos introducían «variables de confusión» que complicaban el análisis estadístico. La solución fue eliminar la variable, es decir, eliminar a las mujeres.
El problema es que esas «variables de confusión» son, en realidad, la biología de la mitad de la población. Un fármaco probado exclusivamente en hombres no es un fármaco probado en humanos: es un fármaco probado en un subconjunto de humanos al que se le otorgó el estatus de norma.
Las consecuencias de este enfoque se documentan con creciente precisión. Un análisis publicado en JAMA Internal Medicine encontró que las mujeres tienen entre un 50% y un 75% más de probabilidades de sufrir reacciones adversas a medicamentos que los hombres, en parte porque las dosis fueron calculadas sobre metabolismos masculinos. El zolpidem, el principio activo del popular somnífero Ambien, tardó décadas en reducir su dosis recomendada para mujeres, que lo eliminan del organismo más lentamente. Durante ese tiempo, miles de mujeres condujeron con niveles peligrosos de sedación sin saberlo ni sus médicos.
El infarto que nadie reconoció
Pocas ilustraciones son tan contundentes como la del infarto de miocardio. En el imaginario colectivo —y durante mucho tiempo en el protocolo médico— un infarto se presenta con dolor aplastante en el pecho, sudoración fría y dolor irradiado al brazo izquierdo. Esa descripción es clínicamente válida, pero describe con mayor precisión la presentación masculina del evento.
Las mujeres, con frecuencia, experimentan infartos con náuseas, fatiga extrema, dolor en la mandíbula o simplemente una sensación difusa de malestar. Síntomas que, en urgencias, han sido históricamente atribuidos a ansiedad, somatización o hipocondría. El resultado estadístico es brutal: las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de morir en el primer año tras un infarto, y una parte significativa de esa diferencia se explica por el retraso diagnóstico.
No es que los médicos sean insensibles. Es que fueron formados con un manual que describía un cuerpo que no era el de sus pacientes femeninas.
Dolor que no se cree
El campo del dolor crónico revela otra dimensión del problema. La endometriosis, una enfermedad que afecta aproximadamente al 10% de las mujeres en edad reproductiva, tarda en España una media de entre siete y diez años en ser diagnosticada. No porque sea difícil de detectar una vez que se busca, sino porque el dolor menstrual severo ha sido cultural y médicamente normalizado como algo que las mujeres deben tolerar.
El patrón se repite en la fibromialgia, el síndrome de fatiga crónica, las enfermedades autoinmunes —que afectan a mujeres en una proporción de tres a uno respecto a los hombres— y en múltiples condiciones donde el dolor subjetivo es el síntoma central. La ciencia del dolor ha reconocido en los últimos años que existen diferencias biológicas reales en la percepción del dolor entre sexos. Pero durante décadas, la respuesta institucional no fue investigar esas diferencias, sino cuestionar la credibilidad del paciente.
El término médico «histeria», etimológicamente derivado del griego para útero, resume con brutal economía lingüística siglos de escepticismo institucional hacia el sufrimiento femenino.
La trampa de la «neutralidad» científica
Lo más revelador de este sesgo es precisamente su invisibilidad. Quienes diseñaban los estudios no se percibían como agentes de discriminación: se percibían como científicos rigurosos que controlaban variables. La ideología del método como garantía de objetividad funcionó como pantalla que impedía ver lo que se estaba haciendo.
Esta es la lección más importante que ofrece este capítulo de la historia médica: los sesgos más peligrosos no son los que se cometen con mala intención, sino los que se cometen con la convicción de estar siendo neutro. La neutralidad que no examina sus propios supuestos no es neutralidad: es el privilegio de quien puede permitirse no cuestionarse.
El movimiento de salud de las mujeres, que en España cobró fuerza especialmente desde los años ochenta, no pedía trato especial. Pedía que la ciencia cumpliera su propia promesa de universalidad.
¿Qué está cambiando?
El panorama, afortunadamente, no es estático. Desde la regulación estadounidense de 1993, la inclusión de mujeres en ensayos clínicos ha aumentado de forma sostenida. En Europa, la Agencia Europea de Medicamentos exige desde hace años el análisis diferenciado por sexo en los datos de seguridad y eficacia. En España, el Instituto Nacional de Salud de la Mujer y diversas iniciativas universitarias trabajan para incorporar la perspectiva de género en la formación médica.
Pero los avances regulatorios no transforman automáticamente la cultura clínica. Los médicos que ejercen hoy fueron formados con libros de texto escritos antes de muchas de estas reformas. Los algoritmos diagnósticos que utilizan los sistemas de triaje en urgencias fueron diseñados, en su mayoría, con datos históricos que reflejan el sesgo que pretendemos corregir.
La brecha entre la política y la práctica es real, y cerrarla requiere algo más que legislación: requiere que la medicina reconozca, sin defensas corporativas, que durante décadas construyó conocimiento sobre un sujeto ficticio al que llamó «el ser humano».
Una ciencia que se debe a sí misma
La medicina basada en evidencia tiene como principio fundacional que las decisiones clínicas deben guiarse por los mejores datos disponibles. Ese principio exige ahora una consecuencia incómoda: reconocer que los datos disponibles fueron recolectados con un sesgo sistemático, y que confiar en ellos sin crítica no es rigor científico, sino fidelidad acrítica a una tradición defectuosa.
Una ciencia que se toma en serio a sí misma no puede permitirse ignorar a la mitad de sus pacientes. La objetividad médica no se recupera fingiendo que el problema no existió: se recupera nombrándolo, corrigiéndolo y construyendo el conocimiento que debió haberse construido desde el principio.