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Divulgar para distorsionar: cuando explicar la ciencia se convierte en falsificarla

By Mente Abierta Filosofía

Hay un momento particular en la comunicación científica que merece ser examinado con detenimiento. Es el momento en que un investigador, o un periodista especializado, o un divulgador de buena fe, decide que la verdad completa es demasiado complicada para el público general y opta por una versión simplificada. Una versión que capture «la esencia» del hallazgo sin los matices técnicos que, se asume, solo confundirían al lector.

Ese momento es, con frecuencia, el instante en que nace un mito científico.

No es una exageración. Algunos de los malentendidos más persistentes sobre la ciencia no provienen de la ignorancia deliberada ni de la desinformación malintencionada. Provienen de la divulgación responsable, entusiasta y bien financiada que decidió que simplificar era suficiente.

El mito que la divulgación fabricó

Tomemos el ejemplo del «usamos solo el 10% del cerebro». Esta afirmación, completamente falsa desde el punto de vista neurocientífico, no surgió de ninguna investigación pseudocientífica. Surgió, en parte, de la mala interpretación y transmisión de observaciones reales sobre la actividad neuronal diferenciada, filtradas por décadas de divulgación popular que prefirió una cifra redonda y sorprendente a una explicación precisa pero menos llamativa.

O consideremos la narrativa del «gen del alcoholismo», o del «gen de la depresión», o de cualquier otro «gen de» algo complejo. La genética del comportamiento es un campo genuinamente fascinante, pero también extraordinariamente matizado: los efectos son probabilísticos, dependientes del ambiente, mediados por cientos de variantes con efectos minúsculos. Esa realidad, sin embargo, no genera titulares. «Científicos identifican variante genética que aumenta marginalmente la predisposición al alcoholismo en determinados contextos ambientales» no es un titular. «Descubren el gen del alcoholismo» sí lo es. Y ese titular, publicado en medios de comunicación de prestigio, crea una comprensión pública del funcionamiento genético que los propios genetistas encuentran difícil de corregir.

La ética del «mentir un poco»

Aquí emerge una pregunta que la comunidad divulgadora raramente formula en voz alta, quizás porque la respuesta honesta es incómoda: ¿es éticamente aceptable simplificar hasta el punto de la distorsión si el resultado es que más personas «entienden» la ciencia?

Hay quienes responden afirmativamente, aunque no siempre de manera explícita. El argumento implícito es el siguiente: el público general no tiene ni el tiempo ni la formación para comprender los matices reales. Una versión simplificada que transmite la dirección correcta del conocimiento es mejor que el silencio o que un texto técnico que nadie leerá. La divulgación, en esta visión, es necesariamente una traición parcial a la exactitud en nombre de un bien mayor: la cultura científica de la sociedad.

El problema con este argumento es que subestima sistemáticamente al público y sobreestima la utilidad de las simplificaciones distorsionadas. Una persona que cree que «usamos solo el 10% del cerebro» no tiene una comprensión parcialmente correcta de la neurociencia: tiene una comprensión activamente incorrecta que, además, es resistente a la corrección porque ya ha sido integrada como «ciencia».

La simplificación no es un punto intermedio entre la ignorancia y el conocimiento. En muchos casos, es una tercera categoría: la del error con apariencia de saber.

El problema de la certeza performativa

Existe una dimensión adicional del problema que tiene que ver no con el contenido de la divulgación sino con su tono. La ciencia real opera en probabilidades, intervalos de confianza, replicaciones parciales y revisiones constantes. La divulgación popular, en cambio, tiende a operar en certezas. «Los científicos descubren que...» «Un nuevo estudio demuestra que...» «La ciencia confirma que..."

Este tono de certeza no es solo impreciso: es epistemológicamente dañino. Crea en el público una imagen de la ciencia como un catálogo de verdades establecidas que se van completando progresivamente, en lugar de un proceso de reducción de incertidumbre que nunca alcanza la certeza absoluta. Cuando ese «estudio que demuestra» es posteriormente contradicho por otro estudio, la reacción del público no es «así funciona la ciencia»: es «los científicos no saben lo que dicen» o, peor, «todo es relativo».

La divulgación que promete certezas que la ciencia no tiene no está educando al público en el pensamiento científico. Está educándolo en una caricatura del pensamiento científico que, paradójicamente, lo hace más vulnerable a la pseudociencia.

El periodismo científico y sus incentivos perversos

Sería injusto culpar exclusivamente a los divulgadores individuales de un problema que tiene raíces estructurales. El periodismo científico opera bajo presiones que empujan sistemáticamente hacia la simplificación y el sensacionalismo. Los editores quieren titulares que generen clics. Las redes sociales amplifican lo sorprendente y lo definitivo. Los estudios de audiencia muestran que los matices reducen el tiempo de lectura.

En este contexto, el periodista o divulgador que decide explicar los límites metodológicos de un estudio, o que titula con precisión en lugar de con impacto, está tomando una decisión que tiene costes reales en términos de visibilidad y alcance. El incentivo estructural apunta en la dirección opuesta a la honestidad epistémica.

Esto no exime de responsabilidad individual. Pero sí exige que cualquier reflexión seria sobre la calidad de la divulgación científica incluya una crítica del ecosistema mediático en el que esa divulgación ocurre, y no solo de las decisiones de quienes la producen.

Hacia una divulgación que respete la complejidad

Decir que la divulgación simplificadora es problemática no equivale a decir que la divulgación deba ser técnica e inaccesible. Existe un espacio entre «el gen de la depresión» y un artículo de revisión en Nature. Ese espacio es donde debería vivir la buena comunicación científica.

Ocupar ese espacio requiere algunas decisiones que van a contracorriente de los incentivos actuales. Requiere titular con precisión aunque el titular sea menos impactante. Requiere explicar la incertidumbre en lugar de ocultarla. Requiere distinguir entre un estudio preliminar y un resultado consolidado. Requiere, en definitiva, tratar al lector como alguien capaz de manejar la complejidad si se le ofrece el contexto adecuado.

Hay ejemplos de que esto es posible. Publicaciones como Quanta Magazine, o en el ámbito hispanohablante algunos proyectos de periodismo científico independiente, han demostrado que es posible escribir sobre ciencia con rigor y con accesibilidad simultáneamente. No es fácil. Requiere más tiempo, más conocimiento y más honestidad que el titular fácil. Pero los resultados son lectores mejor informados y, lo que es más importante, lectores con una comprensión más real de cómo funciona el conocimiento científico.

La pregunta que no podemos eludir

Al final, la discusión sobre la divulgación científica lleva a una pregunta filosófica más profunda: ¿qué es lo que queremos cuando decimos que queremos una sociedad científicamente alfabetizada?

Si lo que queremos es una sociedad que confíe en la ciencia como autoridad, la simplificación distorsionada puede ser funcionalmente útil a corto plazo. Pero si lo que queremos es una sociedad capaz de evaluar críticamente las afirmaciones científicas, de entender por qué la ciencia funciona y por qué a veces falla, de participar informadamente en debates que tienen dimensiones científicas, entonces la divulgación que miente un poco no es un mal menor. Es un obstáculo disfrazado de solución.

La ciencia no necesita defensores que la simplifiquen hasta hacerla irreconocible. Necesita comunicadores que confíen en que la verdad compleja, bien explicada, es más poderosa que la mentira cómoda.