Ciencia sin espejos: los valores que el investigador no sabe que lleva consigo
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Hay una escena que se repite con sorprendente regularidad en la historia de la ciencia: un hallazgo presentado como verdad universal resulta ser, con el tiempo, la proyección de una cultura particular. No una mentira deliberada, sino algo más difícil de combatir: una verdad a medias construida desde un punto de vista que nunca fue declarado.
La objetividad científica es uno de los ideales más poderosos de la modernidad. Y como todo ideal, su utilidad depende en buena medida de la honestidad con que reconocemos la distancia que nos separa de él.
El punto de partida ya es una elección
Antes de que un investigador diseñe un protocolo o encienda un ordenador, ya ha tomado decisiones cargadas de valor: qué problema merece ser estudiado, qué población constituirá la muestra, qué variables importan y cuáles son irrelevantes. Ninguna de esas elecciones es neutral.
En las décadas de 1960 y 1970, una parte sustancial de la investigación psicológica se construyó sobre muestras compuestas casi exclusivamente por estudiantes universitarios varones de clase media en países anglosajones. Los resultados se generalizaban, sin mayor advertencia, a «la mente humana». Cuando investigadoras feministas comenzaron a señalar esta estrechez metodológica, no estaban atacando el método científico: estaban aplicándolo con mayor rigor.
Lo mismo ocurre con la elección de los temas. Las enfermedades que afectan predominantemente a poblaciones pobres o racializadas han recibido históricamente una fracción minúscula de la financiación que se destina a patologías asociadas a consumidores con mayor poder adquisitivo. Este patrón no surge de la maldad individual de los financiadores, sino de estructuras de incentivo que traducen desigualdades sociales en prioridades científicas.
Lo que se mide y lo que se ignora
La filósofa de la ciencia Helen Longino argumentó hace décadas que los valores epistémicos —coherencia, parsimonia, alcance explicativo— no son suficientes para determinar qué teoría elegir entre varias que se ajustan igualmente bien a los datos. En esos márgenes de indeterminación, los valores sociales llenan el hueco. No como intrusión externa, sino como parte constitutiva del razonamiento.
Un ejemplo ilustrativo: durante años, los estudios sobre dolor crónico tendieron a subvalorar las quejas de pacientes mujeres, en parte porque los modelos de referencia —construidos sobre fisiología masculina— no contemplaban ciertas variaciones hormonales como factores relevantes. No había mala fe; había un marco conceptual que hacía invisible lo que no había aprendido a ver.
El problema se agudiza en ciencias sociales, donde el propio objeto de estudio —el comportamiento humano, las estructuras económicas, la cognición— es inseparable del contexto cultural en que se produce y en que se interpreta. Un psicólogo que estudia la «autonomía individual» como valor universal está, sin saberlo, exportando una categoría muy específica del liberalismo occidental a culturas que organizan la identidad de formas radicalmente distintas.
La ilusión de la pureza metodológica
Frente a estas críticas, el argumento más frecuente es que el método científico, bien aplicado, actúa como filtro suficiente: la replicación, la revisión por pares y la corrección progresiva eliminan eventualmente los sesgos. Hay verdad en eso. Pero también hay una fe excesiva en la capacidad autocorrectora de un sistema cuyos árbitros comparten, con frecuencia, los mismos supuestos que los autores.
La revisión por pares no es un tribunal de ángeles. Es una comunidad de expertos formados en las mismas tradiciones, publicando en las mismas revistas, financiados por los mismos organismos. Cuando un sesgo es suficientemente generalizado, pasa el filtro precisamente porque nadie lo reconoce como sesgo: parece sentido común.
El filósofo Thomas Kuhn ya advirtió que los paradigmas científicos no son simplemente conjuntos de teorías; son formas de ver que determinan qué cuenta como problema, qué cuenta como solución y qué puede ser descartado como ruido. Cambiar de paradigma no es solo acumular datos nuevos: requiere reconocer que la lente estaba distorsionada.
Reflexividad, no relativismo
Reconocer que la ciencia está atravesada por valores no equivale a afirmar que todas las afirmaciones científicas valen lo mismo o que la distinción entre rigor e impostura es irrelevante. Ese salto —del reconocimiento de la situacionalidad al relativismo total— es un error lógico que conviene evitar con cuidado.
Lo que se propone aquí es algo más modesto y más exigente a la vez: la reflexividad. La capacidad de un campo de investigación para volver la mirada crítica sobre sus propios supuestos, sus propias exclusiones, sus propios puntos ciegos. Algunas disciplinas han avanzado notablemente en esa dirección —la epidemiología crítica, la psicología cultural, la filosofía feminista de la ciencia—; otras apenas han comenzado.
En España y en América Latina, este debate tiene una urgencia particular. Buena parte de los marcos conceptuales con los que se enseña ciencia en nuestras universidades fueron elaborados en contextos anglosajones o centroeuropeos, con historias coloniales, estructuras de clase y relaciones de género distintas a las nuestras. Aplicarlos sin adaptación crítica no es neutralidad; es importar supuestos ajenos como si fueran verdades universales.
Una ciencia más honesta sobre sí misma
El objetivo no es una ciencia paralizada por la autocrítica, sino una ciencia más honesta sobre lo que es: una práctica humana, históricamente situada, capaz de producir conocimiento genuino precisamente porque aprende a reconocer sus límites.
Declarar los conflictos de interés, diversificar las comunidades científicas, financiar la investigación que nadie quiere financiar, abrir los datos al escrutinio externo: estas no son concesiones al relativismo. Son extensiones del mismo principio que hace grande a la ciencia cuando se aplica sin excepciones: la disposición a ser corregido.
La objetividad no es un estado que se alcanza; es una práctica que se sostiene. Y esa práctica comienza por mirarse en el espejo que la ciencia, con demasiada frecuencia, olvida colocarse delante.