Ciencia con agenda: por qué las preguntas que no se hacen importan tanto como las que sí
El laboratorio nunca está aislado del mundo
Existe una imagen profundamente arraigada en el imaginario colectivo: la del científico o la científica encerrado en su laboratorio, ajeno a las presiones externas, guiado únicamente por la búsqueda desinteresada de la verdad. Es una imagen reconfortante. También es, en gran medida, una ficción.
La ciencia es una actividad humana. Y como toda actividad humana, está inserta en estructuras sociales, económicas y culturales que condicionan qué se estudia, cómo se estudia y qué se hace con los resultados. Esto no significa que la ciencia sea mera ideología disfrazada de método, ni que debamos caer en un relativismo que equipare el rigor empírico con la opinión desinformada. Significa, más bien, que la objetividad científica es una aspiración permanente y parcialmente lograda, no un estado que se alcanza automáticamente por el solo hecho de usar batas blancas y estadísticas.
Entender esta distinción es fundamental para quienes aspiramos a un pensamiento genuinamente crítico.
La agenda oculta en la elección de preguntas
Antes de que un experimento comience, ya se han tomado decisiones cargadas de valor: ¿qué problema merece ser investigado? ¿Qué hipótesis vale la pena someter a prueba? ¿Qué población servirá como sujeto de estudio?
Un ejemplo histórico ilustrativo proviene de la medicina del siglo XX. Durante décadas, la mayoría de los ensayos clínicos sobre enfermedades cardiovasculares se realizaron exclusivamente con hombres, bajo el supuesto implícito de que los resultados eran universalmente aplicables. Las consecuencias fueron concretas: síntomas cardíacos distintos en mujeres fueron sistemáticamente mal diagnosticados porque los criterios clínicos se habían construido sobre cuerpos masculinos. No hubo conspiración deliberada, sino un sesgo estructural que nadie se molestó en cuestionar porque reflejaba los valores dominantes de la época.
Este tipo de omisión no es una anomalía histórica. Hoy, la investigación sobre enfermedades que afectan predominantemente a poblaciones pobres del Sur Global recibe una fracción mínima de la financiación global en salud. No porque sean problemas menos urgentes, sino porque los incentivos económicos apuntan en otra dirección. La pregunta que no se hace también es una decisión epistemológica.
El dinero como brújula del conocimiento
La financiación científica no fluye de forma neutra. En las últimas décadas, la privatización progresiva de la investigación ha intensificado una tendencia preocupante: los estudios patrocinados por la industria tienden, estadísticamente, a producir resultados favorables para el patrocinador con una frecuencia que no puede explicarse únicamente por el azar.
Un análisis publicado en PLOS Medicine reveló que los estudios sobre bebidas azucaradas financiados por la industria alimentaria tenían cinco veces más probabilidades de no encontrar relación con la obesidad que los estudios independientes sobre el mismo tema. No necesariamente porque los investigadores mintieran, sino por mecanismos más sutiles: el diseño del estudio, la elección de las variables, el momento en que se detiene la investigación, los comparadores seleccionados.
En España y en América Latina, esta dinámica se reproduce con matices propios. La dependencia de los grupos de investigación universitarios respecto a convenios con empresas privadas genera zonas de silencio temático que rara vez se discuten abiertamente en los departamentos académicos. Los investigadores aprenden, a menudo sin que nadie se lo enseñe explícitamente, qué preguntas es prudente no formular.
El sesgo de publicación: lo que no se ve también construye el saber
Incluso cuando la investigación se realiza con rigor, existe otro filtro que distorsiona el conocimiento disponible: el sesgo de publicación. Las revistas científicas tienen una marcada preferencia por los resultados positivos —aquellos que confirman una hipótesis— frente a los negativos o nulos. Esto genera una literatura científica que sobreestima sistemáticamente la eficacia de intervenciones, fármacos y teorías.
El investigador británico Ben Goldacre documentó extensamente este fenómeno en el ámbito farmacéutico: para cada ensayo clínico publicado sobre un medicamento, puede haber varios estudios con resultados desfavorables que nunca vieron la luz. El médico que prescribe, el paciente que consume, la administración sanitaria que regula: todos toman decisiones basadas en una imagen parcial de la realidad.
El movimiento por la ciencia abierta (open science) y el registro previo de ensayos clínicos son respuestas institucionales a este problema. Son avances reales. Pero no eliminan la cuestión de fondo: la producción de conocimiento científico está atravesada por incentivos que no siempre apuntan hacia la verdad.
Valores que no se declaran pero que orientan
La filosofía de la ciencia lleva décadas señalando que la distinción entre hechos y valores no es tan nítida como el positivismo clásico pretendía. La epistemóloga Helen Longino argumentó que los valores epistémicos —coherencia, simplicidad, poder predictivo— no operan de manera completamente separada de los valores sociales. Las comunidades científicas tienen culturas, jerarquías y supuestos compartidos que funcionan como marcos invisibles dentro de los cuales se genera el conocimiento.
Esto no conduce inevitablemente al relativismo. Que la ciencia esté influida por valores no significa que todas las teorías sean igualmente válidas ni que el método empírico sea una ilusión. Significa que la objetividad es un logro colectivo y procesual, alcanzado mediante la diversidad de perspectivas, la crítica institucionalizada y la transparencia en los procedimientos, no mediante la fantasía de una mente sin cuerpo social.
En este sentido, la diversidad en los equipos de investigación —de género, de procedencia geográfica, de clase, de tradición intelectual— no es solo una cuestión de justicia. Es también una condición epistemológica para producir ciencia menos sesgada.
Una confianza más inteligente
Reconocer que la ciencia está impregnada de valores no debería llevarnos al escepticismo paralizante ni, mucho menos, a la negación anticientífica. La vacuna contra la polio funciona. El cambio climático de origen humano está respaldado por evidencia abrumadora. La evolución por selección natural es uno de los marcos explicativos más robustos que la humanidad ha producido.
Pero una confianza madura en la ciencia exige algo más que deferencia acrítica hacia los expertos. Exige preguntarnos quién financia los estudios que leemos, qué preguntas no se están haciendo y en beneficio de quién, qué voces han sido históricamente excluidas de la producción del conocimiento y qué consecuencias ha tenido esa exclusión.
La ciencia es la mejor herramienta que tenemos para entender el mundo. Precisamente por eso merece una mirada crítica que la fortalezca, no una admiración ciega que la debilite desde dentro.
En Mente Abierta, creemos que la pregunta más honesta no es si la ciencia es objetiva, sino cómo construimos, colectivamente, condiciones para que lo sea cada vez más.