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¿Hacia dónde vamos realmente? El mito del progreso inevitable y lo que los datos no nos cuentan

By Mente Abierta Filosofía
¿Hacia dónde vamos realmente? El mito del progreso inevitable y lo que los datos no nos cuentan

Existe una fe casi religiosa en el corazón de la modernidad: la convicción de que el tiempo avanza y, con él, la humanidad mejora. Más tecnología, más conocimiento, más bienestar. Esta narrativa, tan familiar que rara vez la cuestionamos, constituye uno de los pilares ideológicos del mundo contemporáneo. Sin embargo, tanto la filosofía como la ciencia empírica nos ofrecen razones sólidas para detenernos, mirar con más detenimiento y preguntarnos: ¿qué entendemos realmente por «progreso»?

La trampa del optimismo selectivo

El filósofo Steven Pinker popularizó en los últimos años una visión radicalmente optimista de la historia humana. En obras como En defensa de la Ilustración, argumenta con gráficas y estadísticas que vivimos en la época más pacífica, más sana y más próspera de la historia. Sus datos son reales. La mortalidad infantil ha caído de forma dramática. Las guerras entre Estados nacionales son menos frecuentes. La pobreza extrema ha retrocedido en términos absolutos.

Pero hay un problema metodológico fundamental en este tipo de análisis: la selección de las métricas determina la conclusión. Si medimos el progreso únicamente por aquello que ha mejorado, obtendremos inevitablemente una imagen de mejora. Lo que queda fuera del cuadro —la crisis climática, la desigualdad estructural, la erosión de la biodiversidad, el auge de regímenes autoritarios en democracias consolidadas— no desaparece por no aparecer en la gráfica.

El filósofo John Gray, crítico implacable del optimismo ilustrado, sostiene que la idea de progreso histórico no es una conclusión científica sino una herencia secularizada de la escatología cristiana: la promesa de salvación traducida al lenguaje de la tecnología y la razón. Según Gray, creer en el progreso inevitable es, en cierto sentido, un acto de fe, no de evidencia.

Áreas donde los indicadores apuntan en la dirección contraria

Si adoptamos una perspectiva más amplia, algunos dominios muestran dinámicas que contradicen el relato triunfalista.

Salud mental y bienestar subjetivo. A pesar de los avances médicos sin precedentes, los índices de ansiedad, depresión y soledad han aumentado sostenidamente en países de renta alta durante las últimas décadas. La Organización Mundial de la Salud estima que la depresión es ya una de las principales causas de discapacidad global. España no es una excepción: los datos del Ministerio de Sanidad reflejan un incremento notable en el consumo de ansiolíticos y antidepresivos, especialmente entre jóvenes. Más riqueza material no ha producido más paz interior.

Diversidad biológica. El llamado «progreso» industrial ha impulsado lo que muchos científicos denominan la sexta extinción masiva. Según el Informe Planeta Vivo del WWF, las poblaciones de vertebrados silvestres han disminuido en promedio un 69% desde 1970. Ninguna gráfica de PIB per cápita puede compensar esta pérdida irreversible.

Calidad democrática. El índice de democracia elaborado por The Economist Intelligence Unit muestra que, desde 2016, el número de países con regresiones democráticas supera al de aquellos con avances. Hungría, Turquía, Brasil bajo Bolsonaro, el propio retroceso en derechos reproductivos en Estados Unidos: el liberalismo político no avanza de forma lineal.

El problema filosófico de fondo: ¿qué es «mejor»?

Detrás de cualquier afirmación sobre el progreso se esconde una pregunta filosófica irresuelta: ¿mejor para quién, según qué valores y en qué escala temporal?

Una reducción de la pobreza medida en dólares diarios puede coexistir con un aumento de la precariedad laboral, la pérdida de autonomía económica y la destrucción de formas de vida comunitarias que no aparecen en ninguna estadística. El filósofo canadiense Charles Taylor habla de los «costes de la modernidad»: ganancias en libertad individual que frecuentemente se pagan con pérdidas en sentido colectivo, pertenencia e identidad.

La tradición filosófica indígena latinoamericana ofrece aquí una perspectiva valiosa. Conceptos como el Buen Vivir (Sumak Kawsay en quechua) proponen una concepción del bienestar radicalmente diferente a la acumulación material o al crecimiento económico indefinido. Desde esta visión, buena parte de lo que Occidente llama «progreso» representa, en realidad, una forma de empobrecimiento espiritual y ecológico.

El sesgo cognitivo que nos impide ver con claridad

La neurociencia cognitiva añade otra capa de complejidad. Los seres humanos estamos equipados con una serie de sesgos que distorsionan nuestra percepción del cambio histórico. El sesgo de disponibilidad nos lleva a juzgar la frecuencia de los fenómenos por la facilidad con que los recordamos: las guerras recientes parecen más numerosas porque las vemos en tiempo real, mientras que las del pasado se difuminan. El sesgo de retrospección nos hace creer que los avances del presente eran inevitables, ocultando los caminos no tomados y las alternativas que se perdieron.

Además, existe lo que el psicólogo Daniel Kahneman denominó el foco de la ilusión: tendemos a sobreestimar el impacto de los cambios materiales en nuestra felicidad. Creemos que tener más tecnología, más comodidades o más información nos hará más felices de lo que realmente nos hace.

Pensar el cambio sin ilusiones ni cinismo

Reconocer la complejidad del progreso no implica caer en el pesimismo nihilista ni en la nostalgia reaccionaria. No se trata de afirmar que «todo tiempo pasado fue mejor» —ese es otro mito igualmente peligroso— sino de desarrollar lo que podríamos llamar un optimismo crítico: una disposición a celebrar los avances reales mientras se mantiene la lucidez ante los retrocesos y las contradicciones.

La filósofa española Adela Cortina propone que el progreso moral —el único que realmente importa— no es acumulativo ni garantizado. Cada generación debe reconquistar ciertos valores desde cero, porque las conquistas éticas no se heredan automáticamente como se hereda la tecnología.

Esta perspectiva tiene implicaciones prácticas para cómo nos relacionamos con el cambio social. Si asumimos que el progreso es inevitable, tendemos a la pasividad: «las cosas mejorarán solas». Si, en cambio, entendemos que el cambio es siempre contingente, disputado y reversible, comprendemos que la participación activa, el pensamiento crítico y el compromiso cívico no son opcionales, sino necesarios.

Conclusión: abrir la mente al progreso posible

El nombre de este espacio —Mente Abierta— no es accidental. Una mente verdaderamente abierta no es aquella que acepta acríticamente el optimismo dominante ni la que lo rechaza por principio. Es aquella capaz de sostener la tensión entre los datos que apuntan en una dirección y los que apuntan en otra; entre el reconocimiento de los logros reales y la honestidad sobre lo que aún falla o ha empeorado.

El progreso existe. Pero no es lineal, no es inevitable y no es gratuito. Comprenderlo así no es una concesión al pesimismo: es el primer paso hacia una acción más lúcida, más responsable y, en última instancia, más transformadora.