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Publicar o perecer: la economía de la atención que está deformando la ciencia desde dentro

By Mente Abierta Neurociencia
Publicar o perecer: la economía de la atención que está deformando la ciencia desde dentro

Photo by Sebastian Herrmann on Unsplash

Hay una frase que cualquier investigador joven aprende antes que muchas fórmulas: publish or perish. Publica o perece. En esas tres palabras se condensa un sistema de incentivos que ha modelado la ciencia contemporánea con una eficacia que ningún decreto institucional hubiera logrado. No a través de la prohibición, sino a través de la recompensa.

Entender cómo funciona ese sistema es entender por qué la ciencia, pese a sus mecanismos de corrección, produce con regularidad resultados que no se replican, conclusiones que se exageran y colaboraciones que se evitan.

La moneda del reino académico

En el mercado académico, la moneda fundamental no es el dinero —aunque el dinero la sigue de cerca— sino la visibilidad. Las publicaciones en revistas de alto impacto, las citas de otros investigadores, los índices H que resumen en un número la influencia acumulada de una carrera: todo esto determina quién consigue financiación, quién obtiene plazas permanentes y quién tiene poder para definir los temas que importan.

El problema estructural de este sistema es que recompensa la novedad y la espectacularidad por encima de la solidez. Una investigación que confirma resultados previos —trabajo esencial para la acumulación fiable de conocimiento— tiene pocas probabilidades de aparecer en una revista de prestigio. Un estudio que descubre un efecto sorprendente, aunque descanse sobre una muestra pequeña y un análisis estadístico discutible, puede convertirse en noticia internacional.

Esta asimetría no es accidental. Las revistas científicas, incluso las más prestigiosas, compiten por lectores y por relevancia. El sesgo de publicación hacia resultados positivos y llamativos no es solo una consecuencia indeseada del sistema; es, en cierta medida, su lógica de funcionamiento.

El cerebro bajo presión: lo que la neurociencia nos dice sobre el rendimiento forzado

Resulta significativo que una de las áreas donde este problema es más visible sea precisamente la neurociencia, campo especialmente susceptible al sensacionalismo mediático. Estudios sobre el «cerebro en love», el «efecto Mozart» o los beneficios cognitivos de tal o cual práctica de moda han circulado durante años como verdades establecidas antes de ser desmentidos, matizados o simplemente olvidados.

La presión para producir hallazgos novedosos activa en los investigadores los mismos mecanismos cognitivos que estudian en sus sujetos: la búsqueda de patrones, la tendencia a confirmar hipótesis previas, la racionalización post hoc de resultados ambiguos. No como fraude consciente —aunque el fraude existe y es más frecuente de lo que el gremio reconoce— sino como consecuencia predecible de trabajar bajo presión en entornos competitivos con incentivos mal calibrados.

Un investigador que ha invertido tres años en una línea de trabajo, que tiene un contrato temporal que vence en ocho meses y que necesita publicar para optar a la única plaza disponible en su campo no es libre de reportar resultados nulos con la misma facilidad que resultados positivos. Eso no lo convierte en deshonesto; lo convierte en humano dentro de un sistema diseñado para producir exactamente ese tipo de presión.

El cajón de los resultados que no existen

La consecuencia más documentada de este sistema es el llamado sesgo de publicación: la tendencia a que los resultados positivos lleguen a las revistas y los resultados nulos o negativos permanezcan inéditos. Esto distorsiona el registro científico de una forma que tiene efectos directos sobre la práctica médica, las políticas públicas y la percepción social de lo que la ciencia sabe.

Si diez estudios investigan si un fármaco funciona y cinco encuentran que sí, tres no encuentran efecto y dos encuentran efectos negativos, pero solo los cinco positivos se publican, la literatura científica transmitirá una imagen radicalmente distorsionada de la evidencia disponible. Este no es un escenario hipotético: es lo que las revisiones sistemáticas encuentran repetidamente en campos que van desde la psicología hasta la farmacología.

El movimiento por la ciencia abierta —que impulsa el registro previo de hipótesis, la publicación de datos brutos y la valoración explícita de los estudios de replicación— es, en parte, una respuesta directa a este problema. Sus avances son reales pero lentos, porque chocan frontalmente con los intereses de las revistas que monetizan el prestigio y de las instituciones que lo utilizan para evaluar a sus investigadores.

Competir cuando habría que colaborar

Otro efecto del sistema de incentivos vigente es la fragmentación del conocimiento. En un entorno donde la prioridad de un descubrimiento determina quién se lleva el crédito, compartir datos preliminares con colegas del campo puede significar perder la carrera. Varios equipos trabajan en paralelo sobre los mismos problemas sin comunicarse, duplicando esfuerzos y multiplicando recursos.

Esta dinámica resulta especialmente costosa en campos donde el progreso requiere integrar perspectivas diversas: la neurociencia cognitiva, la epidemiología, la investigación sobre el cambio climático. Son precisamente las áreas donde la colaboración sería más fértil las que el sistema de incentivos hace más difíciles de sostener.

En el contexto europeo, y específicamente en España, este problema se agudiza por la escasez crónica de financiación pública para investigación. Cuando los recursos son limitados, la competencia se intensifica y los comportamientos estratégicos —selección de temas «seguros», inflado de conclusiones, construcción de redes de citación mutua— se vuelven más atractivos como estrategias de supervivencia.

Reformar el sistema, no solo a los individuos

Frente a estos problemas, la respuesta institucional más frecuente apela a la ética individual: los investigadores deben ser más honestos, más cuidadosos, más rigurosos. Es una respuesta insuficiente porque diagnostica mal el problema.

Los investigadores, en su mayoría, quieren hacer buena ciencia. El problema no es la virtud personal sino la arquitectura de incentivos en la que operan. Reformar esa arquitectura requiere cambios sistémicos: evaluar a los investigadores por la calidad de sus preguntas y la solidez de sus métodos, no solo por el impacto de sus publicaciones; financiar explícitamente estudios de replicación; crear vías de publicación con el mismo prestigio para resultados nulos que para resultados positivos.

Algunas universidades y agencias de financiación europeas han comenzado a experimentar con métricas alternativas. Son pasos en la dirección correcta, pero todavía insuficientes para contrarrestar la inercia de un sistema construido durante décadas.

La ciencia es demasiado importante para dejarla al albur de un mercado de atención que premia lo espectacular sobre lo verdadero. Reconocer ese problema sin cinismo —con la convicción de que puede y debe ser corregido— es, también, un acto de pensamiento crítico.