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Biografía de
J. R. R. Tolkien

 
Biografía de
J.R.R. Tolkien (1892-1973)
Por el profesor Ralph C. Wood

Una reciente encuesta de lectores británicos ha revelado que, para una abrumadora mayoría, El Señor de los Anillos de Tolkien es el mejor libro británico de todos los tiempos. Esta noticia ha causado rechazo por la intelectualidad, quienes saben, por supuesto, que está lejos del mejor trabajo de la literatura inglesa.

Aun con la cuestión de categoría a un lado, hay una pequeña duda de si la epopeya de Tolkien ha sido disfrutada por más lectores, tanto jóvenes como mayores, que cualquier otra colección de libros. Aunque se volvió un libro de moda durante la década de 1960, sigue siendo apreciado por un amplio y variado conjunto de seguidores casi cuarenta años después. Esto es algo notable, especialmente en nuestra era centrada en el cine, donde, como Alistair Cooke observó con pesimismo, leer pronto se convertirá en una costumbre tan anticuada como coser un edredón a mano.

Algunos de mis estudiantes han confesado que abrirse camino a través de las 1500 páginas de la epopeya de Tolkien ha sido su mayor logro intelectual; es la primera vez que han mirado más allá de sí mismos el tiempo suficiente como para dominar un mundo mayor que su propio pequeño espacio. Otros, más atrevidos, me han dicho que leer a Tolkien les hace sentir más puros que ninguna otra cosa. A parte de algunas críticas negativas de nuestra decadencia cultural, esto es además un homenaje a algo moral y religiosamente puro en la obra de Tolkien. Como un intento de entender más plenamente el fenómeno de Tolkien, ofrezco una reducción de Tolkien: Una Biografía (Boston: Houghton Mifflin, 1977) de Humphrey Carpenter, además de otras lecturas que he hecho.

1. Juventud (1892-1910)
John Ronald Reuel Tolkien nació en África del Sur en 1892. Tolkien es, de hecho, un nombre holandés, pero los Tolkien habían sido anglicanizados. El padre de Tolkien, como muchos otros hombres ingleses con posibilidades, emigró a la colonia británica con la esperanza de hacer fortuna. Pero a la madre de Tolkien no le hacía feliz vivir tan lejos de su hogar y en circunstancias tan duras. Ella volvió a Inglaterra para el nacimiento de su segundo hijo, Hilary, cuando Ronald tenía tres años. Su padre contrajo fiebre amarilla y, antes de que Mabel Tolkien pudiera volver a África para cuidar de él, murió. Por esa razón, fue una joven viuda que debía enfrentarse a la tarea de criar a dos hijos pequeños ella sola.

La Sra. Tolkien volvió a su Birmingham natal para llevar a cabo esta tarea, alquiló una casita barata a las afueras de la ciudad industrial en un pueblo llamado Sarehole Mill. El molino ya no se usaba para moler trigo (en vez de eso se trituraban huesos de animales para hacer fertilizantes), pero se volvió un lugar místico para los jóvenes Tolkien. Observaban su funcionamiento horas y horas, mientras el agua se derramaba del canal y se precipitaba a través de la gran rueda, impulsando los enormes cintos de piel con sus poleas y ejes. Los chicos también vivieron alegres días de verano recogiendo flores, jugando en el cajón de arena, entrando en el cultivo de champiñones de un granjero al que llamaban “Black Ogre” (Ogro Negro.)

Enseguida aprendieron el dialecto de warwick, que contenía la palabra gamgee. Un médico de Birmingham llamado Dr. Gamgee inventó una indumentaria quirúrgica hecha de algodón hidrófilo que le hizo famoso en la región. (Mucho más tarde en su vida, Tolkien y su familia estaba de vacaciones en la playa de Cornwall cuando conocieron a un anciano que era famoso por intercambiar chismes, advirtiendo sabiamente, e insistiendo con sus batallitas de sabiduría sucesivamente. Lo llamaban Gaffer Gamgee, ese nombre se convirtió en parte de los secretos familiares, la manera de referirse a sujetos de ese tipo.)

La madre y el hogar. Mabel Suffield Tolkien fue una mujer notable. Era experta en caligrafía e idiomas, dominando el latín, el griego y el francés. Enseñó ambas disciplinas a sus hijos, y así el pequeño Ronald pudo leer y escribir satisfactoriamente antes de cumplir los cuatro años. Con todo, la suerte que vivió fue muy dura. Ella no recibió demasiada ayuda por parte de su familia para criar a sus hijos. Aunque sí hubo una vez que los Suffields acudieron a su lado. Su padre era, de hecho, vendedor ambulante. Ellos eran además unitarios que estaban escandalizados por la conversión de Mabel al catolicismo romano en 1900, y también lo estaban los padres de su marido que eran bautistas. Exceptuando un tío por parte de la familia Tolkien que proveía de ayuda económica, ambas familias fueron hostiles con Mabel, condenando al ostracismo tanto a ella como a sus hijos.

Convertirse en un católico en Inglaterra al final del siglo era realizar un acto radicalmente contra-cultural. Aunque ella había sido una anglicana bien considerada en la iglesia, Mabel Tolkien ahora se entregaba a la iglesia del enemigo histórico de Inglaterra, la comunión de Roma. Hasta hace poco tiempo, Inglaterra era el país más anticatólico de Europa, gracias a la animosidad antigua con Francia y España católicas, a la cuestión desconcertante de Irlanda, al complot de Guy Fawkes para hacer explotar las casas de Parlamento, etc. De esta manera, la conversión de la Sra. Tolkien pudo ser una afirmación de que su cristianismo y su ciudadanía no debían ser confundidas, que su fe prevaleció por encima de todo, incluso por encima de su familia y su país. De ninguna manera fue un movimiento no calculado para su propio beneficio. Ella intentó sobretodo darle una educación católica a sus hijos a costa de sacrificios personales, y por eso se trasladaron al lado del oratorio de Birmingham, una gran casa de refugio católica localizada en un barrio llamado Edgbaston.

El oratorio de St. Philip Neri es una congregación de sacerdotes seculares que viven en comunidad pero sin los votos de la pobreza u obediencia a cualquier monástico superior. Dada la aprobación papal en 1575, los oradores fueron introducidos a Inglaterra en 1848 por John Henry Newman luego de su famosa conversión al catolicismo romano, quizás después de su visita al oratorio de San Girolamo en Roma. Los oradores adoptaron un tipo de cristianismo muy al estilo italiano (buscando llevar la gente a Dios a través de la oración, predicación y los sacramentos) y por medio de la belleza barroca de sus iglesias. El moderno “oratorio” (Siendo Handel su más famoso practicante) creció fuera del canto laudi spitituali en sus ejercicios devocionales. El amigo de Chesterton, Hilaire Belloc, también fue educado en el oratorio de Birmingham. La fe de Tolkien sería formada por el intento de los oradores de conducir a un camino medio entre la negación ascética mundial del monacato medieval y la auto indulgencia mundana del protestantismo tan moderno.

Priscilla, la hija de Tolkien, me aseguró, cuando la visité a su casa en Oxford durante Junio de 1988, que esa educación religiosa tan rigurosa volvió a su padre un tipo de católico muy susceptible, ¡uno que no hubiera pensado demasiado bien de un bautista como yo! Él era un creyente pre-Vaticano II que desdeñó la liturgia en lengua moderna (anhelando aun la misa en latín) y que no deseaba la unidad ecuménica. Como Chesterton, Tolkien también consideraba la reforma protestante como un error, ¡y veía las grandes catedrales anglicanas como propiedades católicas robadas! En palabras un tanto duras y poco características de él, describió el anglicanismo como “un patético y sombrío popurrí de tradiciones recordadas a medias y creencias mutiladas.” Así, ¡Tolkien se mofaba de su amigo C.S. Lewis por ser un impenitente protestante de Ulster! (Aun así, La Sra. Tolkien también dijo que, en cuanto su padre exploraba su mundo imaginario, esta actitud defensiva respecto a su fe desapareció, mientras era libre de llegar a los inagotables límites de lo que Lewis llamaba “mera” cristiandad.)

Tolkien permaneció un católico convencido y no tradicional también porque veía a su madre como una mártir. Mabel se esforzó tanto para poder ver que sus hijos se estaban criando en la fe católica que, debilitada por sus arduas labores, murió de diabetes en 1904, cuando Ronald tenía 12 años. Su muerte convirtió a Tolkien en un pesimista. “Perdición”, es en efecto una palabra que resuena como un temeroso tambor por todo El Señor de los Anillos. Evoca una sensación escalofriante de destino y juicio. La muerte de la madre de Tolkien “le llenó de una profunda sensación de pérdida inminente,” declara Carpenter. “Le enseñó que nada es del todo seguro, que nada es duradero, que ninguna batalla será siempre ganada.”

Tolkien a veces pasaba rachas de depresión, incapaz de asistir a confesarse y recibir el sacramento. Aun así creía que el crucifijo permanece en el centro del culto católico, tanto como un símbolo del sacrificio del hijo de Dios, como la maldición que recae sobre la vida de toda criatura. El hecho de que la maldición se hiciera con su madre tan pronto condujo a Tolkien a hacer este comentario cuando tenía 21 años: “Mi propia madre era en efecto, una mártir, y no está en el entender de todos que Dios conceda tan fácilmente sus grandes regalos, tal como hizo con Hilary y conmigo, dándonos una madre que se mató ella misma con la labor y el apuro de asegurarse que no perdiéramos la fe” (31).

Tragedia. La muerte de la Sra. Tolkien también significó que Tolkien y su hermano eran ahora huérfanos. Con todo, ella sabía que serían situados bajo la tutela del oratorio, donde fueron pupilos de uno de los sacerdotes, el Padre Francis X. Morgan. Él era un hombre amable y gracioso, un sacerdote adorable que era una figura central en casa de Tolkien incluso antes de la muerte de Mabel. Él entonces se dedicó a los detalles prácticos financieros, de la casa, y del colegio, y además los llevó de vacaciones a la playa. Ronald y Hilary le sirvieron como sus monaguillos cuando daba la misa de las mañanas, comían en el refectorio del oratorio, y se ligaron íntimamente con la comunidad de sacerdotes que llevaban la iglesia adelante. Aun así Tolkien había sido echado de su inocencia edénica hacia el adámico mundo de lágrimas y tristezas. Tolkien y Lewis compartirían más tarde esa sensación profunda de pérdida maternal como una de sus principales aspectos en común. Esto no significa que Tolkien era un joven melancólico que iba por ahí con cara de pocos amigos. Contrariamente, era tan niño como lo que tenía de adulto: era una agradable persona a la que le encantaban las buenas conversaciones, las amistades vivas, y una intensa actividad física. Era un buen jugador de rugby.

El principal entretenimiento de Tolkien lo encontró en los libros, en las pinturas y en las palabras. Resultó ser un redactor con talento quien, el resto de su vida, mantuvo a mano los colores y las pinturas; pintaba especialmente bien paisajes y árboles. Así como consideraba al caballo como el más noble de los animales, Tolkien pensaba en los árboles como la planta más espléndida, su crecimiento lento y su belleza magnífica les dotaba de una especie de divinidad botánica. No sólo le gustaba dibujar árboles sino también estar con ellos, morar en su presencia y sentir su vida, escalándolos, recostándose en ellos, sentándose entre ellos, incluso hablándoles. Matar árboles desconsideradamente, “golpear y sacudir los crecientes verdes”, como lo llamó Gerard Manley Hopkins, era cometer un crimen considerable. A Tolkien le molestaba cuando alguien echaba abajo un viejo sauce que sobresalía en el estanque de Sarehole Mill y dejaba el tronco para que se pudriera.

Aunque la imaginación de Tolkien era sobretodo visual, realizaría sus imágenes con palabras en lugar de con dibujos. Estaba atraído al sonido de las palabras no menos que a su significado. Él observaría más tarde que cellar door (puerta de sótano) es una preciosa expresión, mucho más atractiva que la palabra sky (cielo), e incluso más bella que la palabra belleza en sí misma. Tolkien además se quedaba hipnotizado por el extraño orden fónico que las palabras a menudo tienen. Habiendo empezado una de sus redacciones de niño con la expresión “the green great dragon” (el verde gran dragón), su madre le dijo que eso no servía, que debía ser en su lugar “the great green dragon” (el gran dragón verde). Tolkien pasaría su vida buscando entender tal misterio sintáctico. También le movía la curiosidad de ver palabras galesas impresas en los laterales de los camiones de cartón, encontrando un encantamiento místico en un nombre impronunciable como Penrhiwceiber. El francés, como contraste, le parecía poco atractivo, no sólo porque a menudo indica una sofisticación vacía, sino también porque chirría por el oído con una nasalidad irritante. Él estaba atraído en su lugar por la belleza de las lenguas célticas y germánicas, encontrando en su sonido y sentido una forma completamente nueva de comprender el mundo.

Un joven fuera de lo común. No sorprende que el joven Tolkien no disfrutase de los libros infantiles: Alicia en el país de las maravillas, La Isla del Tesoro, y las historias de Hans Christian Andersen. Como C.S. Lewis, le motivaban los “Curdie books” de George Macdonald. Se situaban en reinos remotos donde acechaban duendes deformados y malévolos bajo las montañas. Aunque le atraían las leyendas Arturianas, Tolkien de niño encontró su principal deleite en el Red Fairy Book (Libro de Hadas Rojo) de Andrew Lang. Contenía la mejor historia que había leído, el relato de Sigurd, el guerrero que mató al dragón Fafnir. Era también una historia que se desarrollaba en el lejano e indescriptible norte, una región que fue una vez la más rica y hermosa con la que se había encontrado, pero también la más peligrosa. De nuevo con Lewis, la feroz y oculta belleza del norte, el mundo rígido y violento de la mitología escandinava, sería siempre para Tolkien más atractivo que las mitologías alegres del mundo mediterráneo. Sirvió como su primera amarga experiencia. Cuando más adelante tuvo que retomar el estudio de la lengua Anglo-Sajona (y convertirse en la primera autoridad en Beowulf) algo chocó a Tolkien, como una revelación divina, cuando por primera vez encontró estas líneas en un viejo poema inglés llamado Crist por Cynewulf:

Eala Earendel engla beorthast
Ofer middangeard monnum sended.
(Salve, Ëarendel, el más brillante entre los ángeles/enviado sobre la tierra media.)

Tolkien confesó que “sintió una emoción curiosa, como si algo se hubiera revuelto en mi interior, medio despertándome de mi sueño. Había algo muy remoto, extraño y bello detrás de esas palabras, si pudiera comprenderlo, más de lo que lograba el inglés antiguo.” Tolkien interpretó Earendel como si se refiriera a Juan el bautista, el precursor de Cristo, pero también creyó que había sido el nombre anglosajón para Venus, la estrella que presagia el amanecer. Figura en la epopeya de los Anillos como la joya brillante situada en la proa del barco Vingilot mientras navega bajo el cielo nocturno.

Ya siendo un niño, Tolkien estaba inventando lenguajes. Sus jóvenes amigos y él empezaron con “Animalic”, un lenguaje de niños basado en el inglés. “Boy nightingale woodpecker forty” significaba “you are an ass” (eres un asno.) Pronto inventaría el “Naffarin”, que tenía su propia fonética y gramática, sirviendo así como precedente a las lenguas mágicas que Tolkien idearía más adelante. Era de esperar que un genio lingüístico como lo fue Tolkien prosperara en la escuela de King Edward, donde fue enviado cuando la escuela del oratorio ya no era ningún desafío para él. Griego y latín eran los pilares de la escuela King Edward. Tolkien podía leer y hablar latín con fluidez para cuando salió de esta escuela pública, y en una ocasión durante todo un debate habló en griego. Más tarde en su vida hablaría con fluidez la lengua gótica o anglosajona. Al final de su último año en esta escuela, sus compañeros de clase y él prepararon una función griega en la lengua original, y cantaron el himno nacional (“Dios salve al rey”) ¡también en griego!

Antes de ir a Oxford en 1911 para una exhibición becaria en el centro universitario Exeter, Tolkien hizo una excursión de verano a Suiza. Ahí escaló los grandes despeñaderos y grietas de los Alpes. Sus tremendos altibajos proveyeron una maravillosa exteriorización y una correlatividad física a su propio panorama espiritual interior. Ahí también encontró un dibujo en una postal de un espíritu de montaña por un artista alemán llamado Maledener. Él mantendría ese dibujo toda su vida porque fue el origen de uno de sus personajes más importantes, Gandalf el mago. Como lo describe Carpenter: “muestra a un anciano sentado en una roca bajo un árbol de pino. Tiene una barba blanca y lleva un sombrero redondo de ala ancha y una capa larga. Está hablando con un fauno blanco, y tiene una expresión graciosa pero compasiva; se pueden observar las montañas rocosas a lo lejos.”

El amor de su vida. Aunque el joven Tolkien estaba obsesionado con los lenguajes y mitologías, no era ninguna rata de biblioteca. Se enamoró profundamente de una estudiante llamada Edith Bratt cuando él tenía 16 años y ella 19. Comenzó como un mero romance en tiendas de té, en charlas nocturnas mientras se asomaban por la ventana, y en lo que llamaron “los tres grandes besos.” (Tolkien más tarde buscaría preservar este mundo puro e inocente de cortejo asexual mostrando el espléndido poder erótico de un apretón de manos.) Poco a poco su amor se convertía en algo serio. Al padre Morgan no le parecía nada bien, desdeñando lo que Hopkins llama "mente inocente y aviso de socorro en chico y en chica." El sacerdote sabía que se le había confiado ser un guía para un genio, y no quería que se perdiera en amor inmaduro. Ordenó a Tolkien a mudarse de la pensión donde vivía Bratt, para cortar su relación. Cuando Ronald y Edith empezaron a enviarse notas a través de mensajeros, y también para encontrarse a escondidas, Morgan ordenó que no se volvieran a ver jamás bajo ninguna circunstancia, y que tampoco se comunicaran ni por correo ni mensajes por otros tres años. Para entonces Ronald ya sería mayor de edad, Edith tendría veinticuatro años y casi seguro sería el final de su relación.

Muchos de nosotros veríamos al Padre Morgan como un insensible por haber sido tan estricto, así como podemos considerar a Tolkien absolutamente cobarde por haberle obedecido. Debemos detenernos brevemente antes de emitir tales juicios. El sacerdote sabía que Ronald era un prodigio intelectual destinado a la grandeza, y que no debía distraerse por los encantos de una bella muchacha. El Padre Morgan quizás también había tenido la esperanza de que este joven profundamente religioso buscaría por sí mismo tomar el hábito. Tolkien no era el típico joven rebelde que atacaba toda limitación que se le imponía. Él creía “a la antigua” que la autoridad existía para ser obedecida. No era tan sólo una pequeña consideración hacia Morgan, quien le había servido como su padre sustituto, un hombre amable aunque severo al que él amaba y honraba porque había sido su guarda fiel. Por los tres años próximos, por lo tanto, Ronald y Edith no mantuvieron comunicación alguna.


II. Primeros años de adultez (1911-1930)
Tolkien Prosperó en Oxford. Ahí descubrió las glorias de buenas conversaciones, cerveza fuerte, compañía masculina, y una pipa bien cargada. No era estudioso. Al igual que otros oxonianos, adoptó su argot curioso y complació lo que se convertiría en un amor de por vida de bromas prácticas algo toscas. Habiendo ya dominado el griego y el latín en la escuela pública, se aburrió con ambas lenguas en Oxford, prefiriendo mucho más sus labores independientes con las lenguas germánicas. Como ya hemos visto, empezaba a tener un respeto casi místico hacia las palabras. Consideraba el aliento articulado como nuestro más preciado regalo, de lo que los animales carecen: el habla.

Palabras. Desde el punto de vista de Tolkien, ninguna palabra es nunca arbitraria o meramente accidental. Tal y como demostraría en La Comunidad del Anillo, incluso una canción de niño supuestamente sin sentido como “Hey, diddle diddle” pudo haber servido como una canción de taberna. Las palabras gozan de sentido porque revelan, de maneras irremplazables, la naturaleza de las cosas. Como Adán en el Edén nombrando los animales que Dios había puesto ante él, palabras dieron vida a lo creado. Un árbol no es en verdad un árbol hasta que alguien lo llama así. Una estrella no es meramente una bola de materia siguiendo un movimiento matemático; es además una maravilla creada revelada únicamente por la palabra estrella. Así, las cosas nos piden que las nombremos, que les demos su verdadera existencia con palabras.

Ésta es una visión ontológica del lenguaje: se presenta fuera de la misma naturaleza de las cosas y es así más intrínseca que extrínseca al cosmos. En cuanto a la visión post-modernista de que las palabras son signos que no revelan otra cosa que su diferencia respecto a otros signos y así su origen está en el deseo del hombre de imponer orden en el caos, Tolkien mantiene una postura totalmente opuesta. La afirmación tan aceptada de Hence Ferdinand Saussure: “El lenguaje es un sistema de signos arbitrarios… no hay ninguna razón para preferir Soeur a “sister” (hermana), Ochs a boeuf, etc. … Porque el signo es arbitrario, no sigue ninguna ley más que la tradicional, y porque está basada en tradición, es arbitrario.”

Para Tolkien, por el contrario, el lenguaje es nuestro camino fundamental hacia lo real. Además, como cristiano, Tolkien creía que nuestro logoi (palabras) tiene sus raíces en Logos (la Palabra) que se encarnó en Jesucristo. Las mitologías son supremos ejemplos de esta característica ontológica del habla. Divulgan, a través de personajes, sucesos e imágenes, el orden fundamental de las cosas, un orden que debemos encontrar y no inventar. Así, Tolkien creía que él no había inventado su magnífica mitología tanto como que la había descubierto. En una ocasión cuando se le preguntó lo que significaba un pasaje, contestó: “No lo sé; intentaré averiguarlo.” “Siempre he tenido el sentimiento,” declaró, “ de haber ido anotando lo que ya estaba ‘ahí.’” Los relatos se presentaron en su mente, confesó, “como cosas ‘dadas’, y así como venían por separado, también los vínculos crecían” (92.) Tolkien finalmente veía a Gandalf y sus otros personajes principales no como ficticios sino como personas históricas.

Esta idea nos puede parecer un tanto “loca” a no ser que veamos el entendimiento sofisticado que se esconde detrás de ella. Tolkien desdeñó la idea, popularizada por el antropólogo alemán Max Müller, de que las mitologías son lenguajes infectados. Müller, como el teólogo Rudolf Bultmann, deseó llegar más allá de mitos borrosos y “primitivos” a las abstracciones más exactas de la ciencia moderna. Por esta razón, Müller leyó el mito de Thorr, el nórdico dios del trueno, como un intento precientífico de explicar un fenómeno que ahora sabemos que se debe meramente al choque entre aire frío y aire caliente. Tolkien argumentó que Müller interpretó las cosas al revés: las lenguas modernas son mitologías infectadas. En el mundo antiguo, los hombres no buscaban extraer eventos naturales de sus contextos humanos y divinos (o demoniacos): vieron los cuatro reinos como entretejidos en un todo complejo.

En su trabajo "On Fäerie Stories," Tolkien argumenta que la palabra Thorr nació probablemente de tres experiencias simultaneas de los hombres nórdicos: rabia humana en la forma de un campesino rudo, musculoso; el ruido estridente del relámpago y el trueno, y la cólera divina ante la cual todos somos juzgados y hallados faltos. Owen Barfield, el filósofo entre los Inklings, hizo una observación similar sobre el spiritus del latín, y el pneuma griego. Contrariamente a nuestra palabra unidimensional espíritu, estas palabras significan simultáneamente viento-aliento-espíritu. Para que los antiguos griegos y romanos pronunciaran tales palabras, debían haber experimentado la realidad de una fuerza natural, más la señal invisible de la vida humana, así como la proximidad y el poder de la realidad divina. Es la riqueza metafórica original y mitológica que hemos perdido en gran medida en muchos de los lenguajes modernos. Sus abstracciones científicas son mitos y metáforas decaídos. (George Orwell argumentó que el terrible precio político de tales locuciones sin raíces es que casi cualquier mal puede ser justificado en su nombre.)

Lenguas antiguas. El alto respeto de Tolkien por las lenguas antiguas también le hizo sentir un gran respeto por la poesía antigua. Como Chesterton y Lewis, Tolkien permaneció al margen del experimentalismo del verso-libre de la poesía moderna, incluso al de su colega T. S. Eliot. Prefiere poemas anglosajones y medievales ingleses como Beowulf, the Pearl (La Perla), Sir Gawain and the Green Knight (Sir Gawain y el Caballero Verde). Del último hizo una versión en un inglés moderno, la cual fue muy elogiada. Entre postreros juglares, se vio atraído por el poeta católico del siglo 19 Francis Thompson, y admiraba especialmente (al igual que C. S. Lewis) el trabajo de William Morris. Como Tolkien, Morris buscó volver a contar las sagas inglesas antiguas y de Islandia. Es por eso que la propia poesía de Tolkien adolece de inversiones poéticas y arcaísmos, ritmos de tambor y rimas regulares, que nos suena mucho como una cancioncita. El poeta John Heath-Stubbs lo llama verso en lugar de poesía.

Earendel sprang up from the Ocean's cup Earendel surgió del cáliz del océano
In the gloom of the mid-world's rim; en la oscuridad del borde del medio del mundo;
From the door of Night as a ray of light Desde la puerta de la Noche como un rayo de luz
Leapt over the twilight brim, Saltó sobre el borde del anochecer,
And launching his bark like a silver spark Y lanzando su grito cual chispa plateada
From the golden-fading sand Desde la desgastada dorada arena
Down the sunlit breath of Day's fiery death Bajo el iluminado aliento de la ardiente muerte del Día
He sped from Westerland. Él se apresuró desde Westerland


No fue solamente el poder de las palabras lo que sostuvo a Tolkien durante sus años en Oxford. También se mantuvo a flote gracias a tres amistades que hizo en la escuela de King Edward y que mantuvo aun mientras el grupo se separó para seguir sus estudios en Cambridge y Oxford. Tolkien y sus amigos habían descubierto lo maravilloso que era compartir libros e ideas, amores y sueños, cuando se veían a diario en un club de té llamado “the Barrows” (las Carretillas.) Así, se nombraron a sí mismos con un nombre cómicamente latino, the Tea Club Barrovian Society (el Club de Té Sociedad de Carretilleros), que abreviaron TCBS. Estos cuatro hombres jóvenes no sólo estaban unidos por su cuidado conocimiento de la literatura griega y latina, también lo estaban por su común convicción de que estaban destinados a encender una nueva luz espiritual para Inglaterra. Coincidían con la tesis de C.S. Lewis en que philia es el único amor que no disminuye cuando se ve dividido. Como uno de ellos confesó, se sentían “cuatro veces su capacidad intelectual” en cuanto se encontraban. Quizás más aun incluso que sus tutores de Oxford estos tres amigos ayudaron a formar en Tolkien la sensación de tener un único talento y vocación.

Guerra. Fue algo terrible que dos de estos amigos murieron en el “horror animal” (como Tolkien lo llamó) de la Primera Guerra Mundial. Después de terminar en Oxford en 1915, Tolkien partió hacia el frente francés, casi inmediatamente para involucrarse en la batalla del Somme. Se ahorró una muerte casi segura porque contrajo fiebre de las trincheras y fue enviado de vuelta a Inglaterra. Al igual que Karl Barth, Virginia Woolf, y muchos otros, Tolkien detectó que había ocurrido un cambio radical en la vida humana en esta Gran Guerra. La humanidad había tomado un paso decisivo hacia el abismo. Fue el principio de lo que el Papa Juan Pablo II llamó “el siglo y la cultura de la muerte.” Como George Will observó, más personas han sido matadas en este siglo que en todos los siglos previos juntos. Por primera vez en la guerra occidental, no se escatimó en las poblaciones civiles, pues todo lo que quedó como resultado de esta guerra total fueron desechos. Contrario a Lewis, Tolkien se vio muy afectado por lo que la guerra le hizo experimentar. Si la muerte de su madre enseñó a Tolkien que hay algo mal en el mundo en general, esta guerra trajo a su casa la desgracia de la vida moderna, con todos sus poderosos sentidos para unos fines totalmente destructivos. El Señor de los Anillos tiene guerra y el arma de la total coerción como tema principal, diferente a cualquier libro de Lewis.

Aun en medio de tantos cadáveres, Tolkien encontró una extraña esperanza. Aunque desdeñaba a los oficiales comandantes que asumían un aire superior de autoridad, sí admiraba a los soldados que cumplieron su parte sin queja ni furia. Frodo Bolsón y Sam Gamgee son en efecto versiones hobbíticas de estos soldados que avanzaban sin esperanza de gloria ni de victoria. Tolkien sintió la vocación de realizar los sueños muertos de sus dos camaradas de TCBS que habían sido asesinados. Uno de ellos, G. B. Smith, había escrito antes de morir esta breve confesión a Tolkien:

Mi principal consolación si esta noche muero… es que aun quedaría un miembro del genial TCBS para expresar lo que he soñado y en lo que todos hemos coincidido. ¡La muerte de uno de sus miembros no puede poner fin a los cuatro inmortales!… Que Dios te bendiga, mi estimado Ronald, y que puedas decir las cosas que yo traté de decir, cuando ya no esté ahí para decirlas, si es ese mi destino.

Varios meses antes de Tolkien embarcarse a la guerra, su amor por Edith Bratt revivió. Temía que quizás durante ese tiempo ella se hubiera casado, pero ella no amaba a nadie más que a Ronald, y así su relación continuó justo donde la habían dejado. En una época en que el único modo apropiado de compartir un amor romántico era consumar matrimonio, se casaron poco antes de que Tolkien partiera. En su luna de miel, Tolkien empezó a trabajar en una nueva mitología que había estado rondando por su mente. Tenía que ver con silmarils, las tres grandes joyas de los elfos que fueron robadas del bendito reino de Valinor por la malvada criatura Morgoth, y con las posteriores guerras en las que los elfos tratan de recuperarlas. Requeriría todo un sistema mitológico para poder explicarlo todo; de aquí el proyecto de toda su vida llamado El Silmarillion.

Edith aun no había ido hasta Oxford o Cambridge (ya que las mujeres todavía no podían) después de acabar la escuela pública. En vez de eso, trabajó como secretaria, incapaz de ganarse la vida como la talentosa pianista que era. Pero demostró ser una excelente enfermera devolviendo la salud a su marido enfermo de la guerra. Él nunca habría podido olvidar su felicidad al principio, especialmente sus largos paseos en un bosque de cicutas mientras él se recuperaba de la fiebre de las trincheras. “Su pelo era negro lustroso”, escribió, “su piel clara, sus ojos brillantes, y sabía cantar y bailar” (97.) Más adelante Tolkien insistió en que el nombre Luthien fuese inscrito en la lápida de Edith. Ella fue la doncella elfa que había sacrificado su inmortalidad para casarse con el mortal, Beren, como Edith dejó a un lado sus ambiciones para casarse con Tolkien. Cuando él murió en 1973, sus hijos grabaron el nombre Beren en su lápida.

Edith Bratt Tolkien de hecho sacrificó mucho para ser la esposa de Tolkien. Él la llamaba “little one” (pequeña), y a veces la trataba como a una niña. Por ejemplo, él insistía en que ella se volviera católica antes de su matrimonio, sin explicar como ella llegaría a compartir su profunda reverencia intelectual por la Iglesia de Roma. Llegó a sentirse resentida por tener que confesarse antes de asistir a misa, considerando esto como una rutina superficial en lugar de una necesidad interior. Luego cuando Tolkien se convirtió en profesor de Oxford ella se sintió como si no diera la talla. A menudo sin saber qué decir, frente a otras esposas de profesores más cultas y que habían recibido una mejor educación. Ella era conocida como la “esposa que no llama” y por esa razón fue excluida de las reuniones en casa que hacían las otras esposas. Peor aun fue el resentimiento que tuvo hacia Tolkien por su necesidad de compañía intelectual masculina, especialmente C.S. Lewis y los otros Inklings. Ella vio como él se sentía vivo sólo con sus amigos. Aunque ella le dio tres hijos y una hija y los criaron en medio de una vida familiar feliz, Tolkien y ella acabaron por morar en ambientes virtualmente separados, ocupando habitaciones diferentes y manteniendo cada uno su vida independiente. A Tolkien le daba pavor dormir, y a menudo trabajaba hasta tarde, en parte porque no podía trabajar en su escritorio sin ser interrumpido hasta que Edith se hubiera ido a dormir. Aunque Tolkien se sentía en gran deuda con Edith por los sacrificios que había hecho, cuando se retiró de Oxford, insistió en que vivieran en un apartado lugar cerca de Bournemouth. Él supo que ella sería feliz ahí, aunque sabía que significaría un aislamiento casi total de sus amigos de la universidad. Ella seguía siendo para él la chica huérfana que rescató al chico huérfano de una inmensa soledad y tristeza. Desde entonces, éste fue el conmovedor recuerdo que tuvo de ella: "Por un tiempo (sobretodo cuando estábamos a solas) todavía nos encontrábamos en el claro de bosque e íbamos de la mano muchas veces para evitar la sombra de la inminente muerte antes de nuestra última partida" (98.)


III. Los años maduros (1931-1973)
Después de que acabara la guerra y Tolkien se adaptara al matrimonio, pronto empezó a ascender en la escalera académica, primero como investigador del Oxford English Dictionary (la compilación de toda palabra inglesa de la historia), después como tutor de inglés en la universidad Leeds, y finalmente como profesor de Lengua Inglesa y Literatura en el centro universitario Merton en Oxford. Este último nombramiento se dio cuando Tolkien tenía tan sólo 32 años, y lo mantuvo por 35 años. En cambio a C.S. Lewis nunca se le ofreció el profesorado en Oxford, permaneciendo como tutor hasta que, cerca del final de su vida, Cambridge finalmente le hizo profesor. Tolkien era un buen aunque no espléndido maestro. Su expresión poco clara hacía sus lecciones difíciles de entender. No tenía la capacidad de explicarse en términos sencillos, encontraba difícil bajar su nivel intelectual a la proporción necesaria para que sus estudiantes le pudieran entender. Pero el anglosajón le apasionaba y tenía gran talento en hacer que su asignatura cobrase vida. Sus recitales de Beowulf eran tan célebres que W. H. Auden los describía como siendo hablado por la voz de Gandalf. Otro oyente declaró que Tolkien “podía transformar un cuarto de conferencias en una taberna en la que él era el juglar y nosotros éramos los festejantes, oyentes invitados” (133.) Tolkien permaneció inmune a las críticas, creyendo que la interpretación literaria nunca sería una ciencia y por esta razón forma parte de uno mismo. Él mantuvo que la literatura se interpreta por sí misma, muy parecido al modo en que Dios se revela a sí mismo, en puro misterio y poder. Como Charles Williams, quien él pensaba que tenía no uno sino varios tornillos sueltos, Tolkien consideraba los grandes textos literarios como eventos que debían ser experimentados leyéndolos en alto. Tolkien creía que el estudio lingüístico e histórico proveen el único verdadero apoyo para entender textos literarios, revelando su versión original tanto como mostrando cómo el autor usaba las palabras, incluso cómo el lenguaje también hizo su propio uso constructivo del autor.

La vida de Tolkien fue tan rica intelectualmente como sencilla prácticamente. No había nada gótico en ello. Los Tolkien vivían en un complejo de vecindarios de Oxford, ocupando casas que tenían pinturas baratas en la pared y un fuego artificial en el hogar. W. H. Auden estaba aterrado de la monotonía del mobiliario. Tolkien asistía a misa por las mañanas, y pasaba la mayor parte del tiempo complementando su sueldo trabajando en cualquier cosa, como examinando trabajos de Inglés realizados en otro universidad británica. Con todo Tolkien creyó que la alegría interna en medio de la sencillez exterior es la llamada perenne de los cristianos que viven en un mundo caído, para ser satisfecho en cualquier lugar en que nos encontremos, cualesquiera ropas son decentes, cualquier alimento es nutritivo. Por eso lamentaba la mentalidad materialista de la vida moderna. Se vio bastante afligido por la destrucción de los refugios de su infancia a causa del desarrollo suburbano, también lamentaba la proliferación de carreteras ya que no tuvo ni condujo un coche hasta después de la Segunda Guerra. Como enemigo de las prisas y los lugares encerrados, garabateo estas palabras en una declaración de la renta: “Not a penny for Concorde” (Ni un penique para Concorde.)

C.S. Lewis. Aunque Lewis y Tolkien coincidían en su desprecio por el esnobismo cronológico que asumía que todo lo moderno es mejor que lo antiguo, no estaban de acuerdo en otros asuntos. Lewis nunca compartió la Galofobia, por ejemplo. Supuso un odio no solamente de la cocina francesa sino también de la conquista normanda. Él sentía que 1066 significó el final de una cultura anglosajona que prosperaba y su remplazo por las influencias francesas e italianas que eran casi enteramente desfavorables a la literatura inglesa. Lewis, por el contrario, era el gran experto en la literatura del renacimiento inglés en toda su gloria “latinizadora.” A Tolkien también le disgustaban los libros de Narnia de Lewis, quizás porque se apresuró tanto en ellos, sin desarrollar una cuidada mitología como base. A El León, la Bruja, y el guardarropa Tolkien le dio este subtítulo en tono burlón: “Ninfas y su estilo de vida, o la vida amorosa de un fauno.” Tolkien no era menos crítico con las incursiones populares de Lewis en la teología, considerándolo totalmente incompetente para hacer declaraciones en las materias complejas que no había aprendido profundamente. Cuando Mera Cristiandad y Cartas del diablo a su sobrino fueron bestsellers, Tolkien etiqueto a Lewis “Everyman’s theologian” (el teólogo popular.) Tolkien también encontró el trabajo de Charles Williams enteramente "ajeno" en su supernaturalismo Platónico, y lamentó su influencia perniciosa en Lewis, especialmente en That Hideous Strength (Esa Fuerza Horrorosa.)

Pero la presencia dominante de Joy Davidman en la vida de Lewis fue por lo que se resintió más profundamente. No sólo era americana, también una divorciada a quien Lewis, en cuanto la conoció en 1954, insistió en hacer miembro central del círculo Inklings. Tolkien no estaba acostumbrado a considerar las mujeres en igualdad intelectual. Cuando Joy Lewis murió en 1961, Tolkien no asistió al funeral ni llamó por teléfono a Lewis. Pero Lewis no se sintió ofendido por esta brecha en su amistad. Aunque despreciaba en privado la poesía de Tolkien, elogió públicamente El Señor de los Anillos, y escribió una conmovedora necrológica que la revista Times publicó cuando Tolkien murió más tarde. Tolkien nunca olvidó su gran deuda con Lewis. Cuando “Jack” murió en 1963, “Tollers” escribió una conmovedora confesión a su hija Priscilla: “hasta ahora he experimentado los sentimientos normales en un hombre de mi edad, como un viejo árbol que está perdiendo sus hojas una a una: esto se siente como ser tallado cerca de las raíces.” Aunque Tolkien tenía intención de contribuir en un volumen póstumo de trabajos honrando a Lewis, pasó muchas horas reflexionando sobre el último libro de Lewis, Letters to Malcolm, Chiefly on Prayer.

Sobre los aspectos profundos estaban profundamente de acuerdo. Los dos creían que la Edad Media fue una época mucho más humana y civilizada que la suya, y que su clase de jerarquía no era malvada. Tolkien argumentó, de manera bastante “medieval” que cada persona buscaba pertenecer a un “estatus” específico, alto o bajo. Sabiendo que su posición social los libera de falsas ambiciones. El mismo Tolkien estaba libre de vanidad intelectual y social. Como monárquico votó al partido conservador, sin embargo se llevaba bien con los sirvientes en Oxford—a diferencia de sus supuestos aliados políticos—siempre buscando una paga mejor para ellos.

Con todo, se opuso a la democracia como un intento de mecanizar y formalizar la igualdad. Temía que el igualitarismo moderno resultase no en humildad universal sino en esclavitud materialista. Aunque había mucho de nostalgia histórica en la reverencia de Tolkien al antiguo sistema feudal y sociedad jerárquica, también creía que el respeto hacia sus superiores era espiritualmente estimulante: “Tocar tu sombrero en señal de saludo al Caballero puede ser terriblemente malo para el caballero, pero es grandemente bueno para ti”. Este amor por las antiguas culturas patriarcales llevó a Tolkien a compartir la pasión de Lewis por la mitología nórdica y las sagas de Islandia y también la literatura inglesa antigua. Les inspiró a crear su propia aunque similar literatura. Por esta razón se nombraron ingeniosamente a sí mismos los Inklings, reuniéndose semanalmente en la universidad de cada uno o en el pub Whitehorse (Caballo blanco), que más adelante se llamó Eagle and child (Águila y niño), y ellos lo llamaban Bird and Baby (pájaro y bebé), para beber cerveza y criticar el trabajo el uno del otro.

El principal "inkling" concernió continuamente la validez y la vitalidad del evangelio cristiano en una edad secular. En efecto, fue en gran parte por la influencia de Tolkien que Lewis regresó a la iglesia como cristiano. Principalmente por lo que había estado leyendo y reflexionando, Lewis había abandonado su anterior escepticismo y había llegado a creer, aunque de mala gana, en Dios. Aun como teísta, Lewis podía creer en Jesús de Nazaret sólo como un noble ejemplo ético que debemos seguir: no como el encarnado, crucificado y resucitado Cristo, el hijo de Dios. Éstos últimos adjetivos no son más que mitos. Como el resto de mitos, las historias bíblicas son bonitos engaños, mentiras encantadoras. En una conversación tarde en la noche durante primavera de 1929, mientras paseaban por el parque de ciervos del centro universitario Magdalen, Tolkien explicó a Lewis que los mitos no son los deseos soñados que hombres solitarios proyectan a un universo vacío sólo para animarse a sí mismos. Las grandes repeticiones mitológicas de dioses muriendo y resucitando, héroes luchando contra las fuerzas del mal a pesar de su propia derrota, son signos de algo trascendentalmente significante. Nuestra insistencia universal de crear mitos es una indicación antropológica de que creamos porque hemos sido creados. Así nosotros volvemos a representar el orden más fundamental del cosmos, discerniendo el patrón básico de todas las cosas: vida através de la muerte. Sin embargo, los mitos paganos equivocados pueden en ocasiones señalar hacia la verdad.

Tolkien le dio a su argumento una cuidada exposición en su lectura de Andrew Lanf en 1937, “On Faerie Stories.” Ahí discutió que los relatos mitológicos avanzan a tientas hacia la esperanza que, en la historia de Abraham e Isaac y Jacob y Jesucristo, finalmente entgraen el espacio y en el tiempo para llegar a ser realidad histórica, los propios “mitos-convertidos en realidad”- de Dios. Incluso la característica menos realista de las historias fantásticas, sus finales felices, apuntan a la verdad. No acaban en fracaso universal y derrota sino en eucatastrophe, una buena calamidad. Este desastre reconoce la realidad de la muerte y de la destrucción, pero revela la finalidad del Gozo, “Gozo más allá de las paredes del mundo, patético como el dolor” (86). Tolkien llamaba a estos finales de cuento de hadas “un lejano destello o eco del evangelio en el mundo real." El Evangelio es el máximo de los cuentos de hadas porque contiene “la más grande y más completa eucatástrofe concebible”, el nacimiento, muerte y resurrección de Jesucristo. "No hay otra historia que los hombres desearían que fuera verdad, y ninguna que tantos escépticos han aceptado como verdad por sus propios méritos... Rechazarlo lleva a uno hacia la tristeza o hacia la ira." (88-89). Lewis estaba tan convencido de este argumento, al presentarlo Tolkien en 1929, que le condujo a su propia reconversión a la fe cristiana.

Aunque Tolkien tardó una vida trabajando en una mitología elaborada para incorporar esa teología suya, nunca se consideró a sí mismo como un hombre excepcional. Tenía una firme seguridad en sus propias habilidades como profesor y autor, pero no creía que sus talentos fuesen particularmente importantes para el bienestar de la sociedad. Casi al contrario, se veía a sí mismo como otro hombre común y corriente, otro débil miembro de la especie humana. Tal rechazo a tomarse a sí mismo demasiado en serio le dio a Tolkien un tremendo sentido del humor, con una especial afición a las fiestas de disfraces y a las bromas. Una vez en un carnaval, personificó a un oso polar, y en otra ocasión se vistió de guerrero anglosajón y persiguió con un hacha a un sorprendido vecino. Además participó en un concurso de nado con un sombrero de Panamá y mientras fumaba su pipa. Más tarde en su vida sobresaltaría a comerciantes desprevenidos al entregar cambio y entre monedas sostener su dentadura postiza de repuesto. También entretenía interminablemente a sus hijos con cuentos cuyos nombres de los personajes eran extraídos de incongruentes señales de tráfico y anuncios: BILL STICKERS WILL BE PROSECUTED (Bill Pegatinas será procesado) le proveyó el nombre de un irreprimible villano, y MAJOR ROAD AHEAD (carretera principal hacia adelante) reveló su virtuoso perseguidor.

Hobbit y Anillos. También ilustró cartas de Navidad que eran dejadas en la chimenea o traídas por el cartero, y eso supuso referirse a varios eventos recientes en el Polo Norte. Una de las historias que escribió para sus hijos creció a extensión de libro, y fue publicado en 1937 como The Hobbit (El Hobbit.) Fue un bestseller sorpresa, y los editores pidieron más ficción de la mano de Tolkien. Con impaciencia les entregó ese enorme, y aun en desarrollo, manuscrito de El Silmarillion. Se quedaron perplejos y algo decepcionados por la monotonía y pesadez de esta masiva crónica mitológica. ¡Ellos querían más hobbits! Tolkien dio con la idea de introducir un nuevo hobbit, el hijo de Bilbo, como centro de la historia, y que recibe el anillo encontrado por Bilbo como una transcendencia moral más que mágica. Así sería capaz de relacionar el atrevimiento burgués de los Bolsones con el considerable marco espiritual de El Silmarillion. Mientras que Bilbo accidentalmente se había extraviado hacia ese mundo, su hijo Frodo (en principio se iba a llamar Bingo) sería atraído por él, tanto ética como religiosamente. Tolkien se dio cuenta lentamente de la conexión entre los dos reinos y apresuradamente lo anotó: “Haz regreso del anillo un tema… El Anillo [añadió después] de donde se originó? Nigromante? No demasiado peligroso, cuando se usa con un buen propósito. Pero logra su castigo. Debes perderlo, o a ti mismo” (186.)

Ésta era la idea, la realización era otro cantar. No fue hasta 1954, dieciséis años más tarde, cuando se publicaron los dos primeros volúmenes de los Anillos. Mientras, la Segunda Guerra había comenzado y (como C.S. Lewis observó) “los eventos reales empezaron, de manera horrible, a ajustarse al patrón que Tolkien había inventado” (190.) Pero había otras razones de menos peso por el retraso. Además de la carga de su trabajo académico, el perfeccionismo de Tolkien y su tendencia a posponer las cosas fueron los principales impedimentos, sin mencionar su tendencia a perseguir liebres lingüísticas. Al final del tercer libro se quedó atascado, y no tocó el manuscrito por seis meses. Por la instigación de Lewis, Tolkien volvió al trabajo en 1944, leyéndolo en voz alta a los Inklings en su reunión semanal. Pero luego en 1945 se volvió a cansar, no terminó la historia hasta 1947, completando con las revisiones finales y apéndices en 1949—mecanografiando sucesivos bosquejos con dos dedos, la máquina se balanceaba en su cama del ático, ya que no había espacio suficiente en su escritorio. Así fue como pasó doce de sus mejores años escribiendo El Señor de los Anillos, acabándolo a punto de cumplir 60 años. Entonces hubo un regateo a cerca de la impresión real, el editor insistía en publicar tres volúmenes en lugar de sólo uno, y negándose a incluir El Silmarillion junto a ellos. Aun entonces Tolkien no estuvo satisfecho del todo. Él prefería La Guerra del Anillo como título para el último libro, temiendo que El Retorno del Rey desvelase el argumento.

Las críticas fueron buenas y malas. W. H. Auden y C. S. Lewis elogiaron los libros de modo extravagante, mientras que Edwin Muir y Edmund Wilson los tacharon como cosas de niños. Pudo haber habido algo de celos en el desprecio de Muir, pues Tolkien fue algo rencoroso (poco característico de él) hacia Muir cuando se presentó a las elecciones para profesor de poesía en Oxford. Wilson se quejó de que los personajes no eran hombres sino meros niños que no sabían nada de mujeres y que simplemente se hacían pasar por héroes. Los lectores ignoraron las críticas. Los centenares de millares que compraron y leyeron los libros hicieron que un anciano, desconocido profesor de Oxford con problemas económicos se volviera un hombre rico y una celebridad mundial. Empezaban a llegar cartas y regalos de fans. Americanos llamaban en medio de la noche sin tener en cuenta la diferencia de 6 a 8 horas. Visitas venían sin avisar y para hacer fotos a través de las ventanas de la casa de los Tolkien. Una moda Tolkien empezó a surgir, y se rumoreaba entre los hippies de California que Tolkien había redactado Los Anillos mientras fumaba marihuana y cosas aun peores. Aparecían pintadas garabateadas en sitios peculiares: “Frodo vive” y “J. R. R. Tolkien está formando hobbits.” Las demandas de traducciones y de que se hiciese una versión cinematográfica llegaban de cerca y de lejos. Con todo, Tolkien no perdió su sentido de la ironía. “Ser una figura de moda en vida,” escribió, “no es para nada desagradable. De todas formas, no encuentro que haga a uno volverse un engreído; en mi caso me hace sentir extremadamente pequeño e inadecuado. Pero aun la nariz de un ídolo muy pequeño no puede permanecer sin estar encantado con el dulce olor del incienso” (232). Tolkien no fue egoísta con su reciente riqueza, dando una buena parte de ella (anónimamente) a su iglesia parroquial en las afueras de Oxford, en Headington, aunque le molestó tener que pagar tanto en impuestos. También proveía bien para sus hijos, al mismo tiempo que anotó sus propios gastos en sellos y hojas de afeitar.

Retiro. Tolkien se retiró de Oxford a una edad temprana y se mudó a un desconocido lugar en la costa cerca de Bournemouth, donde solamente sus amigos y socios le podían localizar. Tras la muerte de Edith Tolkien en 1971 fue un hombre solitario aunque activo. Recibió un doctorado honorífico en Oxford en 1972, por su trabajo en filología, no en fantasía. Continuó revisando con desgana El Silmarillion hasta que finalmente vio que su hijo Christopher, quien se había convertido en todo un experto en la ficción de su padre, la acabaría para que fuese publicada. Christopher Tolkien se pasaría los próximos veinticinco años viviendo apartado del ojo público en Francia mientras editaba y publicaba los otros trabajos de su padre en nueve gruesos volúmenes, hasta su propia muerte a finales de los 90. Tolkien murió el 2 de Septiembre de 1973, a los 81 años. Fue enterrado junto a su mujer en una sección católica de un cementerio público de Oxford llamado Wolvercote, entre inmigrantes polacos.


El Dr. Ralph Wood, profesor de Inglés en la universidad de Baylor, es un experto en Tolkien y ha estudiado las obras clásicas literarias cristianas y de los Inklings (el grupo cercano de los maestros literarios de Oxford incluyendo C.S. Lewis, Charles Williams y Tolkien). Él enseñó por 26 años en la universidad de Wake Forest, donde ganó premios por una enseñanza distinguida. Entre sus publicaciones está incluido "Traveling the One Road: The Lord of the Rings as a 'Pre-Christian' Classic," Christian Century 110, 6 (24 de Febrero, 1993): 208-11.

Traducido por Esli Daniel Martínez Maldonado
Barcelona. Enero 2004.
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    El Rincón de Tolkien – Sencillo diseño, buen contenido, ¡¡excelentes links!!!
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    El Anillo Único - Rico en gráficos (i.e. archivos grandes)
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    Periódico La Razón: "Teología Católica"
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    Peródico La Razón: "¿Hay Sitio para Otro Dios?"
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    Revista Qué leer: "El Señor de los Anillos"
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    Enlaces (links) de interés: Inglés


    Hollywood Jesus – Información sobre la película
    http://www.hollywoodjesus.com/lord_of_the_rings.htm

    BBC – listado de importanes enlaces
    http://www.bbc.co.uk/birmingham/this_is_birmingham/features/tolkein/total_tolkien.shtml -

    BBC – Biografía de Tolkien
    http://www.bbc.co.uk/history/programmes/centurions/tolkien/tolkbiog.shtml

    BBC – Sobre El Señor de los Anillos
    http://www.bbc.co.uk/history/programmes/centurions/tolkien/tolkinfo.shtml

    Sobre Hobbits
    http://www.mi.uib.no/~respl/tolkien/

    One Ring - Sitio muy completo
    http://onering.virbius.com/index.shtml

    The Grey Havens – Muy completo
    http://tolkien.cro.net/

    Tolkien Society
    http://www.tolkiensociety.org

    Science Fiction – Sobre principios judeo-cristianos en Tolkien
    www. sffworld.com



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