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El Dr. Michael Behe, escritor del "best-seller" La caja negra de Darwin, explica el concepto de la complejidad irreducible y su implicación para el Diseño Inteligente. Con lenguaje sencillo y explicaciones contundentes del mundo de la bioquímica, demuestra cómo el darvinismo falla en explicar la evolución en los aspectos microscópicos. Son estos los que, como sabemos hoy, y Darwin ignoraba, están detrás de todos los procesos de los organismos vivos.

 
[NOTA: Algunos de los conceptos aquí mencionados están explicados e ilustrados en otro artículo: “Máquinas Moleculares”.]

Una serie de ojos
¿Cómo vemos? En el siglo XIX, la anatomía del ojo se conocía en gran detalle, y sus características sofisticadas asombraban a todos los que estaban familiarizados con ellas. Los científicos de la época observaron correctamente que si a alguien por desgracia le faltaba sólo una de las características integradas del ojo, como por ejemplo, el cristalino, el iris, o los músculos oculares, el resultado inevitable sería un severo perjuicio de la visión, o la ceguera total. Así que, concluyeron que el ojo sólo podía funcionar si se encontraba básicamente intacto.

Charles Darwin también conocía el ojo. En El Origen de las especies, Darwin contestaba a muchas objeciones de su teoría de la evolución a través de la selección natural. Habló sobre el problema del ojo en una parte del libro apropiadamente titulada: “Órganos de extrema perfección y complicación”. Para que la evolución fuera creíble, Darwin tuvo que convencer a todos de que los órganos complejos podrían ser formados por un proceso gradual, paso a paso.

Triunfó de una forma brillante. Con astucia, Darwin no intentó descrubrir un verdadero sendero que la evolución pueda haber seguido al desarrollar el ojo. En cambio, señaló a los animales modernos con diferentes tipos de ojos, yendo desde lo sencillo hasta lo complejo, y sugirió que el proceso de la evolución del ojo pudo haber comprendido órganos intermedios de distintos niveles de complejidad, semejantes a los que se ven ahora en la naturaleza.


El argumento de Darwin
Podemos resumir el argumento de Darwin así: Aunque los seres humanos tienen ojos complejos, tipo cámara fotográfica, muchos animales sobreviven con menos. Algunos animales pequeños tienen un grupo sencillo de células pigmentadas, o poco más que una mancha sensible a la luz. Con un arreglo tan sencillo, no se puede decir que exista la vista, pero sí que existe una percepción de luz y de oscuridad, y así el funcionamiento del ojo cumple con las necesidades del organismo. El órgano fotosensible de algunas estrellas de mar es algo más sofisticado. Su ojo está ubicado en una región hundida. Esto permite que el animal distinga la dirección desde dónde procede la luz, ya que la curvatura de la hendidura bloquea la luz que viene de ciertas direcciones. Si la curvatura se pone más pronunciada, el sentido direccional del ojo mejora. Pero un aumento en la curvatura disminuye la cantidad de luz que entra en el ojo, reduciendo así su sensibilidad. La sensibilidad puede aumentar a través de la colocación de un material gelatinoso en la cavidad, el cual funcionaría como cristalino. Algunos animales modernos tienen ojos con cristalinos así de primitivos. Mejoramientos paulatinos en el cristalino podrían con el tiempo proveer una imagen con una nitidez creciente, según exigían las necesidades del entorno del animal.

Utilizando este tipo de razonamientos, Darwin convenció a muchos de sus lectores de que un sendero evolucionista conduce desde la mancha fotosensible más sencilla hasta el sofisticado ojo de cámara fotográfica del hombre. Pero queda la pregunta, ¿cómo empezó la vista? Darwin persuadió a la mayoría del mundo de que el ojo moderno evolucionó gradualmente desde una estructura más sencilla, pero ni siquiera intentó explicar desde qué punto se originó la mancha fotosensible. Al contrario, Darwin ignoró el asunto del origen fundamental del ojo:

La forma en que un nervio llega a ser sensible a la luz no nos va a preocupar más de lo que nos preocupa el origen de la vida misma.

Tenía una razón excelente para rechazar la pregunta: La ciencia del siglo XIX no podía con ella. No se podía explicar en aquella época el funcionamiento del ojo, o sea, lo que ocurre cuando un fotón de luz hace contacto con la retina. En realidad, no se podía contestar ninguna pregunta sobre los mecanismos fundamentales de la vida. ¿Cómo causan los músculos el movimiento de los animales? ¿Cómo funciona la fotosíntesis? ¿Cómo se extrae la energía de la comida? ¿Cómo lucha el cuerpo contra la infección? Nadie lo sabía.

Para Darwin, la vista fue una caja negra, pero hoy, después del trabajo duro y acumulativo de muchos bioquímicos, estamos acercándonos a respuestas sobre el asunto de la vista. Aquí tenemos un repaso breve de la bioquímica de la vista.


¿Cómo funciona la vista?
Cuando la luz toca la retina, un fotón reacciona con una molécula llamada 11-cis-retinal, la cual se transforma en picosegundos a trans-retinal. El cambio en la forma del retinal, fuerza un cambio en la forma de la proteína, rodopsina, a la cual el retinal está fuertemente unido. La metamorfosis de la proteína altera su comportamiento, haciéndole unirse a otra proteína, llamada transducina. Antes de chocar con la rodopsina activada, la transducina se había unido a una pequeña molécula llamada GDP. Pero cuando la transducina reacciona con la rodopsina activada, se cae la GPD, y una molécula llamada GTP se une a la transducina. (La GTP está estrechamente relacionada con la GDP, pero es muy distinta.)

La rodopsina, activada por la GTP-transducina, se une ahora a una proteína llamada fosfodiesterasa, ubicada en la membrana interior de la célula. Al unirse a la rodopsina activada y a su acompañante, la fosfodiesterasa adquiere la capacidad de cortar químicamente una molécula llamada cPMG (un pariente químico tanto de la GDP como de la GTP). Inicialmente, hay muchas moléculas cPMG en la célula, pero la fosfodiesterasa baja su concentración como cuando se saca el tapón de la bañera, y se baja el nivel del agua.

Otra proteína de membrana que enlaza al cPMG es un canal de ion. Actúa como una puerta que regula el número de iones de sodio que hay en la célula. Normalmente, el canal de iones permite que los iones fluyan hacia adentro de la célula, mientras que otra proteína los bombea activamente otra vez hacia afuera. La acción dual del canal de iones y de la bomba mantienen el nivel de los iones de sodio en la célula dentro de unos parámetros pequeños. Cuando la cantidad de cPMG se reduce, dividida por la acción de la fosfodiesterasa, el canal de iones se cierra, causando una reducción en la concentración de iones de sodio positivos. Esto a su vez causa un desequilibrio de carga a través de la membrana celular, el cual, por fin, precipita la transmisión de una corriente por el nervio óptico hasta el cerebro. El resultado, interpretado por el cerebro, es la vista.


¿Complicado?
Mi explicación es un repaso bosquejado de la bioquímica de la vista. Pero al fin y al cabo, esto es lo que significa “explicar” la vista. Es el nivel de explicación hacia el cual la ciencia biológica tiene que apuntar. Para entender verdaderamente una función, hay que entender también cada paso relevante del proceso. Al final, los pasos importantes de un proceso ocurren a nivel molecular, así que, una explicación satisfactoria de un fenómeno biológico como la vista, o la digestión, o la inmunidad ha de incluir la explicación molecular.

Ahora que se ha abierto la caja negra de la vista, ya no vale la pena considerar la estructura anatómica de la totalidad de los ojos para conseguir una “explicación evolucionista” de este fenómeno al estilo darviniano del siglo XIX, y como lo continúan haciendo hoy en día los que pretenden popularizar la evolución. Cada uno de los procesos y de las estructuras que Darwin creía tan sencillos, en realidad comprenden procesos bioquímicos de una complejidad asombrosa que no se pueden tapar con retórica. Ahora se ha revelado que los pasos sencillos de Darwin son en realidad saltos inmensos entre máquinas perfectamente afinadas. De esa manera, la bioquímica presenta un desafío liliputiense para Darwin. Ahora se ha abierto la caja negra y está a la vista un mundo liliputiense de una complejidad maravillosa. Este tiene que ser explicado.


La complejidad irreducible
¿Cómo decidimos si la teoría de Darwin puede tomar en cuenta la complejidad de la vida molecular? Resulta que el mismo Darwin estableció la norma. Reconoció que:


Si pudiera ser demostrada la existencia de algún órgano complejo que no se hubiera formado a través de pequeñas modificaciones sucesivas y numerosas, mi teoría se desintegraría totalmente.


Pero, ¿qué clase de sistema biológico no podría haberse formado a través de “pequeñas modificaciones sucesivas y numerosas”? Pues, para empezar, un sistema que sea irreduciblemente complejo. “Complejidad irreducible” es una frase altisonante que utilizo para hablar de un sólo sistema que está compuesto de varias partes interrelacionadas, en donde la extracción de cualquier parte precipitaría el cese del funcionamiento del sistema.

Consideremos un ejemplo cotidiano de complejidad irreducible: la humilde ratonera. Las ratoneras que mi familia utiliza tienen varias piezas. Son: 1) una plataforma de madera que sirve de base; 2) un martillo de metal que aplasta al ratoncito; 3) un muelle con extensiones que empujan contra la plataforma y el martillo cuando la trampa está cargada; 4) un enganche sensitivo que se suelta bajo una presión mínima, y 5) una barra de metal que se conecta al enganche, y aguanta el martillo cuando la trampa está cargada. Ahora, no se puede atrapar a unos pocos ratones con una plataforma, y luego a unos cuantos más si añades un muelle, y a otros más si añades una barra. Tienen que estar en su sitio todas las piezas de la ratonera antes de que puedas atrapar algún ratón. Así que, la ratonera es irreduciblemente compleja.

Un sistema irreduciblemente complejo no puede producirse directamente por medio de pequeñas modificaciones sucesivas y numerosas de un sistema precursor, porque si le falta una pieza a cualquier precursor del sistema irreduciblemente complejo, ese precursor es por definición inoperante (no funciona). Un sistema biológico irreduciblemente complejo, si existe tal cosa, sería un desafío poderoso a la evolución darviniana. Como la selección natural sólo puede escoger sistemas que ya funcionan, entonces, un sistema biológico que no se pueda producir gradualmente, tendría que surgir como una unidad íntegra, de repente, para que la selección natural pudiera escogerlo.

Demostrar que un sistema es irreduciblemente complejo, sin embargo, no es una prueba de que no exista ningún proceso paulatino hacia su producción. Aunque no se puede producir directamente un sistema irreduciblemente complejo, tampoco se puede descartar la posibilidad de una ruta indirecta a su producción. Sin embargo, al aumentar la complejidad de tal sistema, la posibilidad de la ruta indirecta disminuye drásticamente. Y al aumentar el número de sistemas biológicos inexplicables e irreduciblemente complejos, sube también como un cohete la seguridad de que el criterio de fracaso que el mismo Darwin propuso, se ha cumplido.


El cilio
Ahora, ¿existen sistemas bioquímicos que sean irreduciblemente complejos? Pues, sí, resulta que hay muchos. Un buen ejemplo es el cilio. Los cilios son filamentos vibrátiles de superficie, propios de muchos animales y de células de plantas sencillas, que sirven para la locomoción y el trasiego de sustancias del ambiente. En los seres humanos, por ejemplo, cada una de las células que forran el aparato respiratorio tiene alrededor de 200 cilios que se mueven sincronizados para barrer la mucosidad hacia la garganta para su posterior eliminación. ¿Cómo es la estructura del cilio? Un cilio está constituído por un bulto de fibras que se llama el axonema. Un axonema contiene un anillo de 9 microtúbulos dobles que rodean a dos microtúbulos centrales independientes. Cada pareja de túbulos exteriores consiste en un anillo de trece filamentos (subfibra A) fusionados a un conjunto de 10 filamentos (subfibra B). Los filamentos de los microtúbulos están compuestos de dos proteínas que se llaman tubulina alfa y tubulina beta. Los 11 microtúbulos que constituyen el axonema se mantienen unidos a través de tres tipos de conexiones: las subfibras A se juntan a los microtúbulos centrales por medio de radios; las parejas exteriores adyacentes se unen por medio de enlaces hechos de una proteína altamente elástica llamada anexina; y los microtúbulos centrales se juntan por un puente conector. Por último, cada subfibra A lleva dos brazos, uno interior y otro exterior; los dos contienen una proteína llamada dineína.

Pero ¿cómo funciona un cilio? Los experimentos han demostrado que la locomoción ciliar es el resultado del “andar” por fuerza química de los brazos hechos de dineína en un microtúbulo, sobre otro microtúbulo, haciendo que los dos túbulos se deslicen, el uno adelantando al otro. Los enlaces de proteína entre los microtúbulos en un cilio no dejan que los microtúbulos vecinos resbalen, adelantándose mutuamente no mucho más de una distancia corta. Estos enlaces, entonces, convierten la moción del desliz causada por la dineína, en un movimiento curvo de todo el axonema.

Ahora, vamos a considerar las implicaciones de todo esto. ¿Cuáles son los componentes necesarios para el funcionamiento correcto de un cilio? La locomoción ciliar requiere, desde luego, los microtúbulos; de no haberlos, tampoco existirían las fibras deslizables. Además hace falta un motor, de lo contrario, los microtúbulos de los cilios se quedarían tiesos e inmóviles. También necesitamos los enlaces que tiran de las fibras vecinas, convirtiendo el movimiento de desliz en un movimiento curvo, y a la vez impidiendo la desintegración de la estructura total. Todas estas partes son necesarias para realizar una sola función: la locomoción ciliar. Al igual que una ratonera no funciona si le falta una de sus piezas constitutivas, la locomoción ciliar simplemente no ocurre sin microtúbulos, sin conectores, o sin motores. Por lo tanto, podemos concluir que el cilio es irreduciblemente complejo; un obstáculo enorme para su supuesta evolución darviniana gradual.


La coagulación de la sangre
Vamos a dirigirnos ahora a otro sistema bioquímico: la coagulación de la sangre. El funcionamiento del sistema de la coagulación de la sangre, nos recuerda a las divertidas máquinas imaginarias de Rube Goldberg.

Rube Goldberg fue un gran caricaturista que nos hizo reír a todos con sus ridículas máquinas. Su nombre sigue vivo en nuestra cultura aunque el hombre mismo ha caído en el olvido. Aquí tenemos un ejemplo típico de su sentido del humor. En esta caricatura, Goldberg se imaginaba un sistema en donde el agua de un tubo llena una botella, haciendo subir un corcho con una aguja, la cual perfora un vaso de papel, lleno de cerveza. La cerveza salpica a un pájaro, y éste, borracho, se cae sobre un muelle, rebota a una plataforma, y tira de una cuerda, creyendo que es un gusano. La cuerda tira del gatillo de un cañón, el cual asusta a un perro. El perro da la vuelta, y empieza a jadear, haciendo subir y bajar un rascador sobre una picadura de mosquito. Así el señor de la caricatura no siente vergüenza al ser rascado mientras habla con una señora.

Si se para usted a pensar, se da cuenta de que esta máquina de Rube Goldberg es irreduciblemente compleja. Es un sistema independiente, compuesto de varias piezas interrelacionadas, siendo cada una de las cuales imprescindible para el funcionamiento del sistema. Si falta el perro, la máquina no funciona; si al corcho le falta una aguja, el sistema total se vuelve inútil.

Resulta que todos tenemos a Rube Goldberg en la sangre. Aquí tenemos una representación de una célula atrapada en un coágulo. La malla se forma por medio de una proteína que se llama fibrina. Pero ¿qué es lo que controla la coagulación? ¿Por qué se coagula la sangre cuando uno se corta, pero no en otros momentos cuando un coágulo causaría un derrame cerebral o un infarto? Vamos a repasar sólo algunas de la reacciones químicas que están comprendidas en la coagulación.

Cuando un animal se corta, una proteína llamada factor Hageman se pega a la superficie de las células que están cerca de la lesión. El factor Hageman unido, se parte en dos por medio de una proteína llamada HMK para producir el factor Hageman activo. En seguida, el factor activo convierte a otra proteína, precalicreína, en su forma activa, calicreína. La calicreína ayuda al HMK a aumentar la velocidad de la conversión de aún más factor Hageman en su forma activa. Entonces el factor Hageman activo junto con el HMK transforman otra proteína, llamada ATP, a su forma activa. A su vez, la ATP activa, junto con la forma activa de otra proteína llamada convertina (explicada a continuación) cambian otra proteína, llamada factor Christmas, a su forma activa. Este factor, junto con el factor antihemofílico (activado por medio de la trombina, a su vez activada de una forma similar a la de la proacelerina) convierte el factor Stuart en su forma activa. Éste, obrando con acelerina, transforma la protrombina en trombina. Finalmente, la trombina corta el fibrinógeno, resultando en fibrina, la cual se une con otras moléculas de fibrina para formar la malla del coágulo.

La coagulación requiere una precisión elevadísima. Cuando se perfora un sistema de circulación sanguínea bajo presión, el coágulo tiene que formarse rápidamente o el animal muere desangrado. Por otro lado, si la sangre se coagula equivocadamente, el coágulo puede bloquear la circulación tal como en los derrames cerebrales o en los infartos. Además, el coágulo tiene que formarse a lo largo del corte, sellándolo completamente. Pero tiene que limitarse al corte, o el sistema entero del animal podría solidificarse, matándo al animal. Por lo tanto, la coagulación requiere un sistema altamente complejo para que el coágulo se forme sólo, cuándo y dónde haga falta. La coágulación es el mejor ejemplo de las máquinas tipo Rube Goldberg.


La literatura profesional
Otros ejemplos de la complejidad irreducible abundan en la célula, incluyendo aspectos del transporte de proteínas, el flagelo bacterial, el transporte de electrones, los telómeros, la fotosíntesis, la regulación de la transcripción y mucho más. Ejemplos de la complejidad irreducible se pueden encontrar en virtualmente cada página de un libro de texto de bioquímica. Pero si estas cosas no se explican a través de la evolución darviniana, ¿cómo ha mirado estos fenómenos la comunidad científica durante los últimos cuarenta años?

Un buen sitio en donde buscar la respuesta a esa pregunta es el Journal of Molecular Evolution (Boletín de la evolución molecular). JME es un boletín que fue fundado para tratar específicamente el tema de cómo ocurre la evolución a nivel molecular. Tiene normas científicas muy altas, y su redacción la llevan los profesionales más prominentes. En un número reciente de JME, había once artículos; todos se dedicaban solamente a la comparación de secuencias de proteínas o de ADN. Una comparación de secuencias compara uno por uno los aminoácidos de dos proteínas distintas, o compara uno por uno los nucleótidos de dos secciones distintas de ADN, anotando la posiciones en donde son o idénticos o semejantes, y las posiciones en donde no lo son.

Aunque estas comparaciones son útiles para determinar posibles líneas de descenso, una cuestión interesante en sí, esto de comparar secuencias no puede demostrar cómo un sistema complejo bioquímico consiguió su función. Y es ésta la pregunta que nos preocupa aquí. Usando una analogía, podríamos decir, por ejemplo, que los manuales de instrucción para dos modelos distintos de ordenador, los dos de la misma marca, tendrían muchas palabras, oraciones y hasta párrafos idénticos, todo esto sugiriendo una fuente común (quizás los manuales son del mismo autor), pero si comparamos las secuencias de las letras de los manuales, nunca nos dirán si es posible producir paso a paso un ordenador, empezando con una máquina de escribir.

Ninguno de los estudios que hemos mencionado habla de modelos detallados para formas intermedias en el desarrollo de estructuras bioquímicas complejas. En los últimos diez años, JME ha editado más de mil estudios. De éstos, cerca de cien hablaron de la síntesis química de moléculas consideradas necesarias para el origen de la vida, unos cincuenta proponían modelos matemáticos para mejorar el análisis de secuencias, y cerca de 800 eran análisis de secuencias. NINGUNO habló de modelos detallados para formas intermedias en el desarrollo de estructuras bioquímicas complejas. Y esto no ocurre sólo en JME. No se encuentran estudios que hablen de modelos detallados para formas intermedias en el desarrollo de estructuras bioquímicas complejas ni en Proceedings of the National Academy of Science, ni en Nature, ni en Science, ni en el Journal of Molecular Biology ni, que yo sepa, en ningún boletín científico.

"Publicar o perecer" es un proverbio que los académicos toman muy en serio. Si uno no publica sus estudios para que los demás los evalúen, no tiene ningún futuro en el mundo académico, y si uno no tiene la permanencia, será desterrado. Pero el proverbio podría referirse también a las teorías. Si una teoría promete poder explicar algún fenómeno, pero no produce ni un intento, pues tendría que ser desterrada. A pesar de la comparación de las secuencias, la evolución molecular nunca se ha puesto a explicar cómo las estructuras complejas han llegado a existir. La teoría de la evolución molecular darviniana nunca ha publicado nada, así que debería de perecer.


El descubrimiento del diseño
¿Qué pasa aquí? Imagínese un salón en el que yace un cuerpo aplastado como una tortilla. Una docena de detectives gatean por el suelo, examinándolo con lupas buscando cualquier pista para identificar al malhechor. En medio del salón al lado del cuerpo hay un elefante grande. Los detectives tienen mucho cuidado para evitar las piernas del paquidermo al gatear, y no lo miran ni de reojo. Al cabo de un rato, se frustran con la falta de progreso, pero siguen con firmeza, investigando el suelo aun más de cerca. Verá, como los libros de texto les instan a los detectives para capturar al “hombre culpable,” no se les ocurre nunca pensar en los elefantes.

Hay un elefante en el salón lleno de los científicos que intentan explicar el desarrollo de la vida. El elefante lleva un letrero que pone “Diseño inteligente”. Para la persona que no se siente obligada a limitar sus investigaciones a posibles causas no inteligentes, la conclusión obvia es que muchos sistemas bioquímicos fueron diseñados. Ni las leyes de la naturaleza, ni el azar, ni la necesidad, los han diseñado, sino que formaron parte de un plan. El diseñador sabía de antemano cómo serían los sistemas al final; el diseñador tomó los pasos necesarios para que los sistemas llegaran a existir. La vida en la Tierra, a su nivel más fundamental, y en sus componentes más críticos, es el producto de una actividad inteligente.

La conclusión del diseño inteligente sale naturalmente de los mismos datos, no de los libros sagrados, ni de las creencias sectarias. Y llegar a la conclusión de que los sistemas bioquímicos han sido diseñados por un agente inteligente es un proceso rutinario que no requiere ninguna innovación en los principios ni de la lógica ni en los del método científico. Es el resultado del trabajo duro que se ha llevado a cabo en la bioquímica durante los últimos cuarenta años, y del mismo proceso con el que cada día sacamos conclusiones de que algo ha sido diseñado.

¿Qué es el “diseño”? El diseño es simplemente la coordinación intencional de piezas. La pregunta científica es ¿cómo descubrimos la presencia del diseño? Pues, se hace de varias formas, pero la presencia del diseño se nota más claramente en los objetos mecánicos. Si usted pasea por un desguace, puede observar tornillos, tuercas, y trocitos de plástico o cristal, la mayoría de ellos esparcidos, algunos amontonados, otros encajonados. Imagínese que viera un montón de chatarra que parecía particularmente compacto, y cuando cogió una barra que sobresalía del montón, el montón completo venía con la barra. Cuando usted empujó la barra, ésta se deslizó ligeramente hacía un lado del montón y tiró de una cadena unida a la barra. La cadena tiró de un engranaje, el cual hizo rodar tres engranajes adicionales, éstos haciendo girar un eje con rayas blancas y rojas. Con rapidez, usted se da cuenta de que esto no es un montón de chatarra que se formara al azar, sino que fue diseñado; fue construído en ordén, a través de la actuación de un agente inteligente, pues, se ve que los elementos del sistema funcionan en coordinación para realizar un trabajo específico.

No se llega a esta conclusión tan sólo al observar los sistemas mecánicos artificiales. Los sistemas formados enteramente de componentes naturales también manifiestan evidencia de diseño. Por ejemplo, supongamos que usted está paseando por el bosque con un amigo. De repente a su amigo algo le tira violentamente por el tobillo hacia arriba, y queda colgando de una planta trepadora unida a una rama de árbol. Después de librar a su amigo, usted examina la trampa. Ve que la planta trepadora fue enrollada sobre la rama, y el cabo fue tirado hacia el suelo. Fue anclado firmemente en el suelo con una rama en forma de horquilla. Esta rama, unida a otra planta trepadora, quedó escondida en las hojas sueltas y al ser movida la planta trepadora que funcionaba de gatillo, tiraba de la horquilla, soltando otra planta trepadora que servía de muelle. El final de la trepadora-muelle estaba en forma de lazo con un nudo corredizo que cogería el pie de la víctima, levantándola violentamente en el aire. A pesar de que la trampa está hecha de materiales totalmente naturales, usted determinaría rapidamente que fue el producto de un diseño inteligente.


Un mundo complicado
Una advertencia: hay que darse cuenta de que la teoría del diseño inteligente tiene su contexto: esta teoría no intenta explicarlo todo. Vivimos en un mundo complejo en donde muchas cosas pueden ocurrir. Al decidir cómo se han formado varias piedras, por ejemplo, un geólogo considerará una variedad de factores: la lluvia, el viento, el movimiento de los glaciares, los efectos del musgo y de los líquenes; la acción volcánica, las explosiones nucleares, el impacto de asteroides, o la mano del escultor. La forma de una piedra puede haber sido determinada primordialmente por un mecanismo, y la forma de otra, por otro mecanismo. La posibilidad del impacto de un meteorito no elimina la acción de un volcán; la existencia de escultores no implica que los fenómenos meteorológicos no tengan ningún papel en la formación de muchas de las piedras.

Utilizando esta misma lógica, muchos biológos evolucionistas han reconocido que un gran número de factores pueden haber afectado el desarrollo de la vida: la descendencia común, la selección natural, la migración, el tamaño de la población, los efectos del fundador (efectos que pueden ser debidos al número limitado de organismos que comienzan una nueva especie), el desplazamiento genético (la distribución por mutaciones neutrales, no selectivas), el curso del gen (la incorporación de genes en una población que proceden de otra), el enlace (la aparición de dos genes en el mismo cromosoma), la propulsión meiótica (la selección preferente durante la producción sexual de una de las dos copias de un gen heredado de un organismo original), la transposición (la transmisión de un gen entre especies bien diferenciadas por medios no sexuales), y muchos más. El hecho de que algunos sistemas bioquímicos fueron diseñados por un agente inteligente, no implica que los demás factores no sean operativos, corrientes o importantes.


Curiosidades
Al finalizar esta charla, nos quedamos con lo que mucha gente considera una extraña conclusión: que la vida fue diseñada por un agente inteligente. Por así decirlo, la gran parte del progreso científico de los últimos siglos se ha dirigido hacia lo extraño. Hasta la Edad Media, la gente vivía en un mundo natural. La Tierra firme era el centro de todo. El sol, la luna y las estrellas giraban alrededor de ella interminablemente, dando luz de día y de noche; las plantas y los animales eran los mismos que se habían conocido desde la antigüedad. Había pocas sorpresas.

Entonces, se propuso algo irracional: la Tierra se movía sobre sí misma, a la vez que giraba alrededor del sol. Nadie podía sentir el movimiento; nadie lo veía. Pero giraba igual. Desde nuestro punto de vista moderno, es difícil imaginar la fuerza de la proposición lanzada por Copernico y por Galileo, y lo que implicaba referente a nuestros cinco sentidos. En efecto, lo que decían era que uno ya no se podía fiar de la evidencia visual.

Y las cosas iban de mal en peor con el paso de los años. Con el descrubimiento de los fósiles, se puso de manifiesto que los animales tan conocidos, tanto domésticos como salvajes, no habían habitado siempre en la Tierra; en cambio, habían existido anteriormente unas inmensas criaturas extrañas que luego desaparecieron. Más tarde, Darwin sacudió el mundo, diciendo que todas las cosas vivientes conocidas procedían de seres vivos muy raros ya extinguidos, y que este proceso había ocurrido durante períodos de tiempo tan largos que la mente humana era incapaz de comprenderlo. Einstein nos habló del espacio curvo, y del tiempo relativo. La física moderna mantiene que los objetos sólidos son mayoritariamente espacio vacío, y que las partículas subatómicas no tienen ninguna posición definitiva, y que el universo tuvo un principio.

Ahora la bioquímica, la ciencia fundamental de la vida, va a sacudir las cosas. La sencillez que antes formaba la base de la vida no es más que un fantasma. En vez de cosas sencillas, hay sistemas de una complejidad irreducible increíble que habitan en la célula. La conclusión resultante de que un agente diseñó la vida es chocante. Los del siglo XX nos hemos acostumbrado a la idea de que la vida es el resultado de reglas naturales sencillas. Pero los siglos anteriores han tenido que vivir varios choques, y nosotros no tendríamos por qué pensar que nos vamos a librar de ellos. La humanidad ha aceptado la idea de que ni la tierra, ni el sol son el centro del universo, y que la historia de la vida incluye reptiles inmensos que ya no existen, y que el universo es mortal. También vamos a sobrellevar la abertura de la caja negra de Darwin.

[NOTA: Algunos de los conceptos aquí mencionados están explicados e ilustrados en otro artículo: “Máquinas Moleculares”.]



Michael J. Behe es catedrático asistente de química en Lehigh University en Pensylvania, y es miembro del Center for Renewal of Science & Culture, del Discovery Institute.

Copyright 2000 Michael Behe. All rights reserved. International copyright secured.
Discovery Institute
10 de agosto, 1996
De una conferencia celebrada en el Congreso “Dios y Cultura” en el Discovery Institute

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Traducido por Darío Fox

© Mente Abierta, 2003.


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