|
Introducción
Durante dos milenios, filósofos, teólogos y científicos han mantenido que la naturaleza manifiesta el diseño de una mente o inteligencia preexistente. Además, para muchos pensadores occidentales, la idea de que el universo físico reflejaba el propósito de una mente preexistente, el Creador, garantizaba el sentido de propósito y significado de la misma humanidad. Sin embargo, en casi todas las disciplinas académicas de la actualidad ha llegado a dominar un entendimiento totalmente materialista de la humanidad y su lugar en el universo. La materia pasa a la categoría de la mente y el cosmos reemplaza al Creador.
Un poco de historia
Las razones de este cambio intelectual son complejas, aunque la eliminación del argumento del diseño ha sido fundamental para la pérdida del pensamiento occidental tradicional. En la Ilustración, algunos filósofos como David Hume promovieron objeciones aparentemente poderosas en contra del argumento del diseño. Para la mayoría, estas objeciones se basaban principalmente en la teoría de Carlos Darwin. Desde el final del siglo diecinueve los biólogos insisten en que la presencia de diseño en los sistemas biológicos surge naturalmente, según explica el Darwinismo o Neodarwinismo. Los seguidores de Darwin, los modernos Neodarwinistas, generalmente aceptan que la selección natural actuando según una variación al azar puede explicar la apariencia de diseño en los organismos vivos.
La complejidad celular
Durante la segunda mitad del siglo veinte, los avances en biología molecular y en bioquímica han revolucionado nuestra comprensión del mundo microscópico en el interior de la célula. Se ha revelado que estas unidades de vida son capaces de almacenar, transmitir y editar información, que luego es utilizada para regular sus procesos metabólicos. Lejos de la caracterización de las células como "glóbulos homogéneos del plasma" que hicieron algunos biólogos del siglo diecinueve, actualmente los científicos describen las células como sistemas complejos de procesamiento de información.
Darwin, obviamente, ni conocía estas complejidades ni pretendió explicar su origen. En cambio, su teoría de la evolución biológica trataba de explicar el origen de las nuevas formas de vida a través de formas más simples, pero no explicó cómo la primera forma de vida pudo haber surgido inicialmente. No obstante, en los 1870 y 1880 los científicos suponían que sería fácil explicar el origen de la vida, pensaban que lo vivo estaba formado por una sustancia simple llamada protoplasma que podía formarse por combinación de dióxido de carbono, oxígeno y nitrógeno. Así pues, Haeckel y Huxley pensaron que de la misma manera que la sal se puede formar espontáneamente añadiendo sodio al cloruro, una célula viva podría ser formada mezclando varios constituyentes químicos y permitiendo que las reacciones químicas espontáneas produjeran la sustancia protoplasmática simple que suponían era la esencia de la vida.
Oparin y Miller
Durante las décadas de 1920 y 1930, Alexander I. Oparin propuso una versión más sofisticada de la teoría evolutiva química, sugirió que la vida se podría haber originado inicialmente como resultado de una serie de muchas reacciones y transformaciones químicas e imaginó que este proceso pudo haber durado cientos (o miles) de millones de años.
El primer apoyo experimental a la hipótesis de Oparin se produjo en diciembre de 1952. En esa época Stanley Miller, estudiante graduado de Harold Urey de la Universidad de Chicago, hizo circular una mezcla gaseosa de metano, amoníaco, vapor de agua e hidrógeno en un recipiente de vidrio en el que había una cámara de descarga eléctrica. Miller aplicó descargas eléctricas de alto voltaje en la cámara a través de filamentos de tungsteno intentando simular los efectos de la luz ultravioleta sobre los gases de la atmósfera prebiótica. Después de dos días, Miller obtuvo una pequeña cantidad (2 por ciento) de aminoácidos en el fondo del recipiente que, separado por un conducto en horquilla de la cámara de descarga, utilizó para recoger los productos de la reacción.
Este experimento de Miller apoyó la hipótesis de Oparin, que se consideró inmediatamente como válida y se introdujo en los libros de Biología como una explicación científica del origen de la vida. Pero se sabe ahora que el experimento está lleno de inconsistencias. Miller supuso que la atmósfera de la Tierra estaba compuesta por una mezcla de gases reductores y que apenas contenía oxígeno libre. Años después, nuevas evidencias geoquímicas establecieron que no se podían justificar las presuposiciones de Oparin y Miller acerca de la atmósfera primitiva. Además, si asumimos que los gases reductores realmente simulaban la atmósfera primitiva, sus experimentos solapadamente demuestran la necesidad de un agente inteligente. Sin la intervención humana, experimentos como los desarrollados por Miller irreversiblemente producirían sustancias no biológicas que degradarían los aminoácidos a compuestos sin importancia biológica. Pero éstas no son las únicas intervenciones no naturales. En los experimentos de simulación, la luz utilizada es de longitud de onda corta ya que la luz de longitud de onda larga, también presente en la atmósfera auténtica, degrada los aminoácidos.
Parece que si estos experimentos simulan algo, es la necesidad de un agente inteligente para superar las influencias al azar de los procesos químicos naturales.
Complicado ensamblaje
Aun si se pudiera demostrar la formación de los componentes básicos de las moléculas esenciales en condiciones prebióticas, persiste el problema de ensamblar estos componentes básicos en proteínas o cadenas de ADN.
Para formar una proteína los aminoácidos deben enlazarse adoptando disposiciones secuenciales específicas. Lo aminoácidos por sí solos no forman proteínas, de la misma forma que las letras por sí solas no forman palabras, frases o poesía. En la explicación del origen de una secuencia específica de proteínas (y ADN) está la esencia de la actual crisis del pensamiento materialista de la evolución.
Al final de la década de los 1950, la experimentación desarrollada por Andrew Kendrew reveló que las proteínas manifiestan una sorprendente complejidad tridimensional, lejos de las estructuras simples que los biólogos habían imaginado antes de 1930. Así pues, las secuencias específicas de aminoácidos de las proteínas dan lugar a estructuras tridimensionales específicas que determinan la función que puede desarrollar la cadena de aminoácidos dentro de la célula. Las proteínas pueden desarrollar su función solamente en virtud de que su especificidad tridimensional permite que se acople con otras moléculas complejas de la célula igualmente específicas. A su vez, esta especificidad tridimensional deriva de una especificidad unidimensional en la ordenación secuencial de los aminoácidos que forman las proteínas.
¿Cómo estructuras tan complejas y específicas surgieron en la célula? Las proteínas parecían demasiado complejas y funcionalmente específicas como para que se originaran por azar. Además, dada su irregularidad, parecía poco probable que una ley química general controlara su ensamblaje.
ADN y su diseño
En 1953, James Watson y Francis Crick dilucidaron la estructura de la molécula de ADN. Poco después, biólogos moleculares descubrieron como el ADN almacena la información necesaria para dirigir la síntesis proteica. En 1955 Crick sugirió que la especificidad de los aminoácidos en las proteínas deriva de una disposición específica de los constituyentes químicos, llamados bases de nucleótidos, en la molécula de ADN. En 1961 se comprobó que las secuencias de bases de nucleótidos dispuestas a lo largo de la matriz de la molécula de ADN transmiten una serie de instrucciones precisas para la construcción de la proteína en la célula, lo que situó la hipótesis secuencial de Crick en el llamado dogma central de la biología molecular.
En el caso del código de un ordenador, la disposición específica de sólo dos símbolos (0 y 1) es suficiente para transmitir información. En el caso del ADN, la secuenciación compleja y precisa de cuatro bases de nucleótidos (A, T, G y C) almacena y transmite la información necesaria para formar proteínas. Así, la secuencia específica de las proteínas deriva de una secuencia específica anterior, que es la información codificada en el ADN.
© Stephen C. Meyer. Hizo su doctorado en Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Cambridge, es profesor asociado de Filosofía en la Universidad Whitworth e investigador adscrito al Discovery Institute de Seattle.
Traducción por Dr. Jesús Palomeque
Resumido y adaptado por Esli D. Martínez Maldonado
© Mente Abierta 2003
¿Quién es menteabierta?
|